El Estado tiene un subconsciente

El estado tiene un subconsciente: por debajo de la Razón de Estado, la legalidad y la claridad, bulle un “subconsciente” de miedos y terrores. El Estado siente miedo a su no supervivencia, a su aniquilación. Miedos que le impulsan a la violencia, a la utilización de todos los medios y seres bajo su administración a servir al logro de su propia pervivencia.

Pero un momento, hablar de subconsciente para un ente como el Estado gubernamental, puede resultar inapropiado, o parecer una ocurrencia gratuita. No obstante, siendo fieles a un desarrollo interno de la historia de las ideas es más probable que el “subconsciente” aplicado a los seres humanos sea posterior, y que la idea de albergar oscuras e incontrolables impulsos, proceda más bien de una mala conciencia de la propia Razón de Estado llevada luego a la “psicología” de los individuos particulares.

Si los individuos modernos somos solo pequeñas Razones de Estado andantes, esta intuición cobraría pleno sentido. De este modo la subjetividad moderna sería la atomización, de millones de pequeños Estados repartidos en súbditos, o dicho de otra manera: cada súbdito devino en individuo incorporando en sí la Razón de Estado.

El miedo de los Estados a su propia descomposición como poder histórico y contingente podría, de este modo, haber sido trasladado a cada uno de sus súbditos y administrados a los que se les carga con oscuridades que no dejan de ser un peligro para el propio Estado.

El subconsciente es aquello que no está “claro”, iluminado, racional en definitiva Ilustrado. Aquello que probablemente no nos permitirá cumplir la ley y a la larga pondrá en peligro al propio Estado.

Debajo de la claridad y de la razón, de la legalidad y la racionalidad está la visión insomne del Estado sobre su propia destrucción. Hay una “sotanidad” en la razón al igual que había una soterrada locura en muchos monarcas absolutistas.

Andando el tiempo, cada ciudadano tendrá a su cuidado su propio pozo de irracionalidad y de peligro para el propio Estado y para sí mismo. Quizás es desde aquí, desde donde podemos escuchar con sentido el grito delirante de las criaturas románticas y el abismo infinito en el que se mira el XIX.

Murcia, xenofobia y una escuela

El constante retorno de lo reprimido

Se define la xenofobia como una idea únicamente relacionada con el temor al extraño o diferente, al extranjero. Pero es obvio que tal definición no se cumple. No es suficiente la existencia de extraños o extranjeros para que surja. Pensemos en los miles de europeos que pueblan las costas del mediterráneo.

Necesita para aparecer de un contexto, de una estructura, de posiciones y significados para aquellos en los que surja.

En un sentido inconsciente el rechazo al inmigrante es un rechazo a aquella parte de nosotros que rememora muestro subconsciente económico-cultural estructural. Aquel en el cual no queremos reconocernos, pero reaparece sin cesar.

El sector agrario, en su evolución actual habría que llamarlo agroalimentario, supone al menos el 21% de la economía de la Región de Murcia. Es decir es una auténtica “infraestructura” económica de la Región. Una infraestructura que los murcianos rechazamos como fase económica y social atrasada, en la cual no nos reconocemos, pero sabemos de su fundamental importancia.

El trabajador/a inmigrante es el mas explotado y encarna esa fase anterior del proceso productivo del cual nos queremos alejar, y como consecuencia se genera una ideología cultural que le denigra y que luego vuelve de nuevo convertida en razón que justifica y facilita su explotación.

El trabajador inmigrante mal pagado es la infraestructura económica oculta que sostiene la Región. Es nuestro “otro” por que es lo que nosotros hemos sido y en cierto sentido somos pero hemos reprimido como forma social y de trabajo. Pero que un sistema económico injusto necesita para su reproducción.

Lo reprimido como fase productiva no-superada vuelve en forma de inmigrante.

La “castellanidad” incompleta

Murcia es una sociedad con sentimiento de inferioridad, acomplejada y avergonzada se sí misma. Su agraridad reciente y actual, su incompleta y siempre deficiente “castellanización” y la ausencia de una autoconciencia fuerte la relegan a un cierto grado de autoestigmatización.

Las clases dominantes murcianas evitan cualquier rasgo de murcianización para si mismas. Aquí el racismo lingüístico es palpable como distinción de clase social. Y muy a menudo directamente desprecian “lo murciano” como deformación inculta de una castellanidad que debiera ser el referente.

Estas clases dominantes de Murcia son herederas directas o indirectas de cuadros de mando del Estado central español. Con una conciencia que se podría definir con cierta exageración como cuasi-colonial administran un territorio con una población que no encaja con su ideal castellano y al que por lo tanto desprecian.

Las élites políticas regionales (particularmente de derechas), practican un murcianismo de “postizas y trajes regionales” precisamente para tratar de llenar el vacío que existe entre el poder y la gente común murciana que no es para nada ajena a este distanciamiento histórico.

La ironía es que los murcianos valoramos mucho mas a la nación española de lo que ella hace con nosotros.

Un centro de enseñanza para inmigrantes

Donde se unen estos sinuosos caminos podemos encontrar el colegio al cual llevo a mi hija, con un número muy bajo de niños, por el simple hecho de que a él acuden hijos de inmigrantes. Si bien es cierto que el neoliberalismo ha convertido la educación en una mercancía, y la ha sometido a toda una lógica del fetiche que se carga de todos nuestros deseos y aspiraciones más profundos.

Y mas egoístas, por que no decirlo. De forma falaz y superficial, una escuela tiene que adecuarse a deseos y expectativas que “superen” y “cumplan” la salida de nuestro complejo histórico-social de ser simplemente agricultores y la auto culpabilidad de no ser lo suficientemente castellanos.

Por que ambas cosas nos atan irremisiblemente a la inferioridad social. Por eso nuestros hijos no pueden compartir colegio con niños de padres y madres inmigrantes. La sociedad como un conjunto posee todas las respuestas, pero estas están divididas en tantos fragmentos como grupos fragmentarios forman dicha sociedad.

Pensador y campesino

El tiempo como consumación de la esencialidad

El tiempo podría ser exclusivamente la consumación de la esencialidad de la realidad. Es decir, la realidad cumple su propia esencia, a la cual tendríamos que esperar a su completa consumación para poder captar del todo, y esa transformación esencialista sería nuestra percepción del tiempo, donde el movimiento sería un tipo de cambio ilusorio, creado por nuestra posición en el propio proceso de la esencialidad.

Consumar la esencia es desenvolver todas las formas y realizaciones infinitas que el ser posee en sí.

Desde esta perspectiva tanto el tiempo como el espacio son en cierto modo ilusorios y los cambios no tendrían que ver con la espacialidad, ya que todo espacio geométrico sería un simple “momentum” de la esencialidad y no sería la clave explicativa de cualquier evento.

¿Cómo se podría construir una ciencia sin geometría, tiempo y en cierto modo causalidad?

De este modo unos dados lanzados numerosas veces serían un caso ilusorio de azar y de movimiento azaroso.

En algún momento he llegado a considerar que el azar sería otra forma de determinismo en el cual el resultado “siempre” sería incierto. Es decir un caso dado el cual siempre estaría “determinado” a tener un resultado “incierto”.

De lo dicho se puede seguir que el indeterminismo sería la consecuencia del tratamiento mecanicista de la naturaleza/realidad y que esta también podría concebirse, como hipótesis, como “voluntarista”.

El cumplimiento de la propia esencia, en su devenir, es nuestro aparente “tiempo”. Por lo tanto ¿el movimiento y el espacio son ficciones?

Pero en cierto modo ¿No estaría la esencia ya consumada? ¿Cómo podemos contemplar ese espectáculo? ¿Qué necesidad alberga el “ser” de tener que desenvolverse? ¿Por qué no está ya macizo y acabado? ¿O lo está realmente? ¿Es en el fondo un milagro pertenecer a esa faceta del ser que puede percibir su desenvolvimiento?

Pertenecemos a esa parte del ser que puede presenciar por esencia el devenir, esto se ha considerado a menudo como una imperfección, pero seguramente constituya una de nuestras mayores perfecciones y capacidades.

Los seres vivos somos, por tanto, testigos y partícipes de la danza del desenvolvimiento de la esencia.

Vivir en el infierno

Vivir en el infierno es no ser una entidad completa y placentera, es vivir en la inestabilidad de esperar unirte a otras unidades o entidades.

De perderse en la otredad, o bien, en una indeterminación donde nunca se conciba el orden; donde nuestra íntima voluntad nunca sea señora de la ordenación de los conceptos.

El demonio es la metáfora de la ruptura de la transparencia de nuestro ser. La telaraña del caos, de una indeterminación que priva a nuestra voluntad del autodominio de su energía.

Vivir en mil cosas sin centro, ni orden, ni capacidad de interrelacionalidad. El “Yo” puede no tener una única y exclusiva disposición, pero necesita reconocerse en su infinita variabilidad. Necesita de la transparencia para poder jugar.

Los otros. Es la desazón de ser atacado por lo externo y el deseo secreto de unirte y disolverte en lo otro: no poder ser un yo en equilibrio.

Y aunque un yo auténtico está unido con el todo, el infierno es la separación de la unidad por otros seres humanos: “ser otros” de forma violentada. La violentación de nuestra unidad. Los diablos y demonios “encarnan” de modo metafórico o real tal personalización.

Vivir en el infierno es sentir límites infranqueables en el propio interior de uno mismo. O bien la dolorosa ruptura de nuestras potencias. Hasta cuando soñamos generamos una proyección de exterioridad y otra de interioridad y unidad.

La datificación de la realidad

En profundidad semántica, la realidad se reduce produciendo datos, que tras su generación sigue luego su ciclo convirtiéndose en realidad.

El Estado, inventor de la “estadística”, se ve desbordado por su criatura. Si en un principio fue el objetivo describir el mundo a través de sus datos; dos o tres siglos después son los datos los que generan el mundo.

Esta dialéctica nos embarca en un círculo vicioso en el cual tenemos que estudiar el mundo y la realidad a través de datos, pero son los propios datos que en un sentido primario, son la materia prima a estudiar.

Del acercamiento “estadístico” a la realidad hasta los big data hay unos breves siglos de marcación y mejora en el fijamiento y tratamiento de los datos.

Cuando se acumulan tantos “signos” de la realidad, se corre el riesgo evidente e inocente de confundir la moneda con el cobre del que está hecha. Se olvida el salto epistemológico que se dio en cada enmarcamiento de la realidad cuando esta se datificó.

Si añadimos la cuantificación de muchos de estos “datos” y sus aplicaciones matemáticas obtenemos una realidad “ecuacionable” (de ecuación) y “aparentemente” dominable mediante su equilibración o desequilibración como si de un sistema físico se tratase.

La primera consecuencia de esta dialéctica epocal es evidente: Aquello que no es datificable es borrado, no existe, ni puede existir.

La primera táctica de lucha contra esta datificación que podríamos remontar a Ur, sería difuminar la evidencia de los “signos” y su pretendida “entidad”.

La gran caída

La gran caída tuvo lugar cuando perdimos la unión con nuestro derredor. Cuando mirados por el otro; la mirada de Dios, nos expulsó del paraíso, y la naturaleza entornó sus ojos.

El monoteísmo nos expulsó. La severa voz nos dio un nombre, uno que solo el único Dios reconocía… y nos hacía suyo.

El resto del mundo natural había quedado descolgado, relegado y castrado de nuestra esencia. Ya no se oían más voces, todas quedaron ahogadas: la polifonía dejó de sentirse.

Se abre la puerta para que sean otros seres humanos, exclusivamente, los que nos nominalicen, nos interpelen y en definitiva nos dominen. El ser humano dominado por el ser humano.

La era sombría. Se instaura el “derecho” de que unos seres humanos nombren, dirijan y dominen a otros seres humanos, en nombre de una “humanización” novedosa, la de Dios.