Materia, proporción y cambio

La relación existente entre la materia y la forma geométrica que esta adopta en sus diversas manifestaciones, es algo en lo que se ha reparado poco o no lo suficientemente. La relación entre la materia y la proporcionalidad nunca ha sido del todo algo evidente, la realidad no se nos presenta nunca de un modo “informe”.

Para Parménides el ser era una bola maciza, tal afirmación siempre resultó sorprendente, pero Newton en su gravitación universal desarrolló matemáticamente de qué modo la forma esférica era algo más que una simple sensación agradable a nuestro intelecto, procedente de una simetría de las formas. La materia (el mundo material) seguía esa misma tendencia al organizarse en las tres dimensiones del espacio, como un planeta o una estrella.

La tridimensionalidad se colmaba a sí misma mediante la forma esférica. Pero la esferidad también parece emparentada con la lógica, como conclusión más plausible y con la causa y el efecto, como sucesión temporal o de causas indefinidas y posiblemente infinitas, incognoscibles a priori. La realidad se expresa, o bien el yo “apresa” la realidad a través de estas proporcionalidades que “conforman” lo material.

La teoría física relativista desarrollada por A. Einstein contiene en sí un profundo idealismo matemático, ya que son las proporciones las que definen, en cierto modo, las fuerzas y el comportamiento de la materia.

Las posibilidades cognoscitivas mismas de la razón, están condicionadas ellas mismas por la posibilidad en que organizan el ser, y no sólo en su percepción sensible sino en su misma concreción intelectual.

De este modo las capacidades de la percepción, las formas abstractas o principios y la realidad material misma se aglutinan desfigurando sus contornos y dificultando su diferenciación.

Siguiendo este mismo esquema esbozado:

Desde el punto de vista de un observador intelectual, el todo, la totalidad, solo puede ser una esfera para un observador que pudiera serlo del todo. Esfera porque el desarrollo infinito del ser al organizarse y realizarse sólo puede hacerlo en forma esférica al cumplir todas las opciones posibles en todas las direcciones posibles, y en todos los momentos posibles.

Puesto que organizar el tiempo es semejante a organizar el espacio, sería igualmente aplicable a ambos elementos. De modo que no estamos únicamente ante una configuración espacial, sino temporal y ontológica.

Esto es lo que denomino el infinito configurando su esencia se constituye en un todo esférico. En esta afirmación se encuentran relacionados elementos materiales, espaciales, temporales, de causalidad, además de tipo lógico.

Si prescindimos de la temporalidad, la esencia sería “visualizable” por una conciencia entrenada y abierta. El ser sería como una goma elástica en la que su capacidad de estirarse sería el tiempo, su cumplimiento esencial.

No obstante, si la proporcionalidad aparece en la esfericidad del ser en su infinitud, la temporalidad solo se hace evidente a través de una proporcionalidad que lo haga evidente y muestre su auténtica estructura. En cierto sentido se podría decir que solo viéndonoslas con lo inconmensurable se puede apreciar lo conmensurable.

La dificultad de nuestro conocimiento para conectar el mundo geométrico temporal con estas digamos esencialidades que conocemos en forma de intuición es lo que deberíamos poder vencer. Quizás a partir de una conciencia que se sabe libre de esas dimensiones y que se mueve “en saltos” de una esfera a otra.

Pero hemos dicho con respecto a la cuestión de la visión que el sujeto puede ser el que crea el cono de visión y le da orden. Según esto último el ser sería una esfera cuando lo recrea una sujeto. Es decir, si igual que la visión organiza el campo y el cono de visión la capacidad de conocer podría actuar de un modo similar: generando un cono de conocimiento, de cognoscibilidad.

La esfera y el círculo: expresión del infinito.

El hecho de que la proporción matemática que “define” la circularidad, el número PI, sea una “tendencia” hacia el infinito nos indica que la proporcionalidad pura y el infinito no son acercables a través de las matemáticas.

La circularidad queda “inabarcable” para una sucesión numérica por más que esta tienda a crecer. (Los decimales calculados actualmente del número PI ya se cuentan por millones)

No obstante contamos con una idea “clara” de lo que es el infinito y la esferidad. De un modo intuitivo “conocemos” el infinito, pero no hay acercamiento mecánico-racional a ese concepto y sobre ello se ha pensado poco.

Con los intervalos musicales pasa algo parecido, al tratar de trasladar la proporcionalidad que intuimos de forma natural en la forma de proporciones matemáticas, no es posible encontrarlas de forma exacta y tenemos que acudir a una ley consuetudinaria para recrear las afinaciones.

Esto puede querer decir que las matemáticas, la geometría en definitiva, pueden no ser válidas para acceder del todo a las proporcionalidades fundamentales a las que accede la pura intuición. ¿Se debe a que las dimensiones espacio temporales en las que se fundamenta la matemática no son exactas? ¿En cierta manera no-esenciales?

Son exactas en aquellas proporcionalidades que pueden conmensurar, pero son incapaces, como la propia razón, de conmensurarse a sí mismas ni a la totalidad. Son esenciales respecto a sus propias relaciones. Pero parece que se muestran inesenciales en relación al tiempo y al proceso de cambio.

Por tanto, el tiempo y el cambio son los elementos que introducen la inconmensurabilidad en la razón misma. Con conmensurable quiero decir “abarcar” la relación, explicarla o razonarla a partir de otra.
¿Qué significa que algo solo sea perfecto en el infinito, se perfeccione en él?

La inadecuación de las proporcionalidades como origen del tiempo y la variación

En la realidad es como si la inadecuación de las proporcionalidades entres sí mismas, como la inconmensurabilidad de las proporciones matemáticas entre ellas, abriera una vorágine de “movimiento” en busca del equilibrio o de resolución lógica que solo se atisba en la infinitud.

En la aritmética más simple se ve esto. La unidad, el número 1, solo es posible como concepto por que aceptamos que se refiere abstractamente a algo esencial, igual a sí mismo e indivisible. Pero, para romper, dividir entre 2, un grupo de estas unidades: el 7 por ejemplo, tenemos que hacer pedazos una de estas unidades (3,5). La unidad deja de ser algo esencial, igual a sí misma e indivisible. Y así indefinidamente.

Es decir, la unidad, aunque se requiere para la comprensión del mundo debe poder “romperse,” por así decir, para continuar su ciclo transformada en una nueva unidad de distinto orden. La incapacidad de conmensurarse las proporciones a sí mismas abre un baile cósmico en busca de su propio equilibrio.

Cada ente en su definición posee una “disposición” hacia adelante que le cambia y le hace ligera, pero totalmente incoherente, con lo que era; iniciando un camino irreversible de transformación.

Algo parecido a un fractal de desarrollo indefinido, cuyo resultado final solo es concebible mediante una intuición pero que no es resoluble con un método mecánico que sólo contemplase una o muchas proporcionalidades definidas previamente.

Elogio del fracaso

En la sociedad de los triunfadores todos somos perdedores.

Puede parecer que el fracaso se mueve en la negatividad, en la simple negación de los valores que defiende y ansía una sociedad. Pero puede que no sea una categoría moral, sino una categoría sistémica, una categoría de la tecnología productiva: económica, y de construcción de sujetos.

La teoría marxista nos dice que el obrero (o bien alguna de sus evoluciones posteriores) es una figura social privilegiada que nos da las claves del desarrollo de la lucha de clases y por lo tanto de la historia. Yo me atrevería a experimentar la hipótesis de que es el fracasado esa figura clave de las explicaciones.

No hemos dejado de ser una sociedad administrada, pero hemos asistido a una reconfiguración de modo que ahora “debemos ser protagonistas y directores de nuestra aportación al sistema de racionalidad capitalista.” No basta con ser dirigido hay que dirigir”se” a uno mismo como imperativo.

Es aquí donde el fracasado tiene todas las llaves para abrir todas las puertas de la comprensión de una sociedad. El fracaso es el cerrajero virtuoso que abre las puertas selladas con el mayor empeño. El fracasado no está en el discurso de forma directa, pero es el referente implícito de una sociedad cualquiera.

Aunque no exista una teoría explícita (escrita) del fracasado, y tengamos que hacer una acto de desbrozado y reflexión entre la maleza discursiva, organizadora; el fracasado, la fracasada, aparecen burlones y tristes recortados tras la silueta de todo éxito y rectitud, detrás de todo orden y acierto.

El error donde debería acechar acierto y aprovechamiento. Es la cara oculta del computador que todo lo calcula y del “famoso” que solo dice sí, que es pura positividad. El fracasado es un “no”.

Es el negativo de todo positivo, sobre él o mejor contra él se generan los discursos que luego se organizan con mayor o menor coherencia. El fracasado es el que estorba, el que no está bien ubicado, aquél cuya función no se cumple, más bien el que no tiene una función definida, está indefinido. Interrumpe flujos.

El fracaso se quiere ocultar, pero salta a la vista de todos, es lo más visible, y el poder ha de gastar tremendas cantidades de energía en ocultar su presencia. El fracaso nos envuelve con su nebuloso velo: es para todos la posibilidad más cierta.

Hemos sucumbido a manos de la ciencia de la organización y de la ciencia de la utilidad. Pero por medio del fracaso podemos conquistar la ciencia y el reino de la futilidad. Podemos ser el hombre visible, que el poder transmuta en hombre invisible, para ocultarlo. El gran inútil que debe callar.

¡No nos cansemos de fracasar!

Una sociedad de triunfadores es por propia lógica y consecuencia una sociedad de fracasados. Se fabrican fracasados como la industria tecnológica más puntera fabrica sus bienes: es el propio consumidor el que crea el producto, cada cual genera su mercancía, su fracaso.

Si una se reconoce como fracasada se abre ante sí un nuevo mundo de autenticidad.

Sin anestesia por favor

El fracasado es el que sufre, sin tapujos, sin esconder su dolor. Puede convertirse en un pro-algesia viviente. Un híper-estesia1. Puede ser la bisagra dialéctica de toda una sociedad, de su impotencia y su deseo. ¡No me robes la dignidad de mi sufrimiento!

En ocasiones se nos antoja que se nos quiere hurtar hasta nuestra capacidad de sufrir y de aprender de nuestro sufrimiento. Parece como si tuviéramos que andar anestesiados ante cualquier evento del mundo interior o exterior, que cualquier reacción emocional es excesiva, que mostrarse frío e indiferente (estoico) es lo único aceptable.

¿Por qué no puedo sufrir en este trabajo? ¿Porque no puedo estar enfadado ante lo que veo ante mí? ¿Tengo que carecer de sentimientos intensos? ¿No puedo aprender de mi naturaleza y de los mensajes que me envía?

Hay una filosofía que emerge a través de los sentimientos, que tiene en la sensibilidad su cuna y que late en la sensación antes de reconocerse en la razón y en la palabra. Podemos apelar a las causas más mágicas con tal de que la realidad más tangible no se mueva un ápice.

En cuanto a lo dicho por Byung-Chul Han en su libro “La sociedad del cansancio” una híper-positividad debería dar lugar a una hiperestesia, pero en última instancia encontramos la obligada “anestesia” para evitar el colapso. Esto se debe a que no todos los flujos pueden realizarse, sino que las energías se mueven en bucles solamente dirigidas a la producción o la auto-producción. El fracasado vive en una hiperestesia desbordada donde los contornos que debieran ser firmes se han desdibujado.

Porque sí que existe la normalización, y los flujos siguen estando dirigidos, no hay infinitos caminos por donde puedan caminar, solo unos pocos. Aunque la sociedad disciplinaria se haya, por así decirlo, interiorizado no por ello ha desaparecido: está más viva que nunca. Sus estructuras siguen latiendo con dureza para quienes no se la aplican por sí mismos.

Sufrir es un mensaje, es significativo porque procede de un “no” que es necesario poder decir. Contradecir la suprema “afirmación” a la que nos obliga la sociedad en su devenir continuo. Es el síntoma de que algo va mal, no basta borrarlo o adormecerlo.

Cunado una sociedad proyecta sobre el fracasado su furia ridiculizadora está hablando más de sí misma que del propio fracasado.



(1)
-estesia: Elemento sufijal de origen griego que entra en la formación de nombres femeninos para indicar ‘sensibilidad’.

La dualidad cartesiana

Junto al método empirista de la judicatura (de los filósofos jueces), la dualidad cartesiana es el origen de la ciencia moderna. Descartes diferenció en su pensamiento entre una res cogitans, algo así como una sustancia pensante (sus propios pensamientos) y una res extensa, que sería todo el mundo natural (y nuestro propio cuerpo) menos aquella parte divina que ubicó en la glándula pineal, y que resultaba en el último refugio que encontró contra la Iglesia y contra el propio absurdo del conocimiento.

Esta diferencia era imprescindible para cumplir su proyecto de reducción del ser a un mundo geométrico, material y de funcionamiento mecánico. Todo podía y debía explicarse, a partir de entonces, como eventos mecánicos que sucedían en un espacio geométrico.

El deseo de que la completa realidad se “adapte” a este esquema ha sido una constante desde entonces. La res extensa tenía ante sí un futuro muy prometedor, un horizonte de triunfos y logros envidiables.

Pero entonces, ¿Qué fue de la res cogitans? ¿Dónde acabó?

¿En qué se puede convertir lo insustancial, lo accidental e inconexo, aquello que no guarda relación directa con la verdad?

La res cogitans se fue convirtiendo en una curiosidad, casi en una antigualla; en la cual, pasando el tiempo, poder atribuir sentimientos, desvaríos, poesías románticas y un largo etcétera de pseudo-realidad.

La modernidad genera este espacio de res cogitans donde ubicar la locura, el subconsciente, el arte no académico, no realista, la fantasía, la alucinación. ¡Qué lugar tan apropiado para lanzar toda la parte de nosotros mismos que sobraba a una nueva episteme moderna!

No voy a entrar en la adecuación de las ideas con la realidad, problema propio de esta época y que planteaba ya la disposición en la cual las piezas de la racionalidad se iban a disponer a partir de entonces.

Nuestros “pensamientos” se convirtieron solo en eso: “pensamientos”, sin relación con el todo, con el ser, ni con la realidad. Reducción a la fantasía de una enorme parte de nuestra propia realidad, y la imposibilidad de unificar nuestra existencia, vivida en una situación de ruptura y violencia con nosotros mismos.

¿Podemos reunificar? La recuperación podría ser un camino de anamnesis, aprender de nuevo y des-aprender, un desprendimiento de siglos. También un descubrimiento, un avance si se quiere, que nos permita unificarnos con todo lo que es y somos y comenzar a trabajar con él, sin constricciones.

No se trata, por otro lado de reeditar, un idealismo, sino de buscar la necesaria unificación de los universos que han sido separados por el pensamiento moderno, una ruptura, un quiebre, un vacío y una abismo abierto ante nosotros, que nos aísla aún más, y nos entrega a una soledad masificada y a una compañía irreal y alienada.

Si lo que tenemos dentro no tiene apenas valor, hemos de buscar fuera, probablemente comprar verdades cocinadas para nosotros. A nuestro gusto o disgusto. Debemos aceptar una explicación del mundo exterior aunque no coincida con nuestra interioridad, ya que esta ya no tiene ningún valor.

Negar la posibilidad del acceso a la cosa en sí, no solo una cuestión central para una teoría del conocimiento, es sobre todo una cuestión política: ya no podemos conocer lo que debemos hacer, debemos permanecer en una posición de impotencia forzada, de pasividad, de negatividad y privación para con el mundo. El hiato entre lo posible y lo real se hace insalvable.

El Estado tiene un subconsciente

El estado tiene un subconsciente: por debajo de la Razón de Estado, la legalidad y la claridad, bulle un “subconsciente” de miedos y terrores. El Estado siente miedo a su no supervivencia, a su aniquilación. Miedos que le impulsan a la violencia, a la utilización de todos los medios y seres bajo su administración a servir al logro de su propia pervivencia.

Pero un momento, hablar de subconsciente para un ente como el Estado gubernamental, puede resultar inapropiado, o parecer una ocurrencia gratuita. No obstante, siendo fieles a un desarrollo interno de la historia de las ideas es más probable que el “subconsciente” aplicado a los seres humanos sea posterior, y que la idea de albergar oscuras e incontrolables impulsos, proceda más bien de una mala conciencia de la propia Razón de Estado llevada luego a la “psicología” de los individuos particulares.

Si los individuos modernos somos solo pequeñas Razones de Estado andantes, esta intuición cobraría pleno sentido. De este modo la subjetividad moderna sería la atomización, de millones de pequeños Estados repartidos en súbditos, o dicho de otra manera: cada súbdito devino en individuo incorporando en sí la Razón de Estado.

El miedo de los Estados a su propia descomposición como poder histórico y contingente podría, de este modo, haber sido trasladado a cada uno de sus súbditos y administrados a los que se les carga con oscuridades que no dejan de ser un peligro para el propio Estado.

El subconsciente es aquello que no está “claro”, iluminado, racional en definitiva Ilustrado. Aquello que probablemente no nos permitirá cumplir la ley y a la larga pondrá en peligro al propio Estado.

Debajo de la claridad y de la razón, de la legalidad y la racionalidad está la visión insomne del Estado sobre su propia destrucción. Hay una “sotanidad” en la razón al igual que había una soterrada locura en muchos monarcas absolutistas.

Andando el tiempo, cada ciudadano tendrá a su cuidado su propio pozo de irracionalidad y de peligro para el propio Estado y para sí mismo. Quizás es desde aquí, desde donde podemos escuchar con sentido el grito delirante de las criaturas románticas y el abismo infinito en el que se mira el XIX.

Murcia, xenofobia y una escuela

El constante retorno de lo reprimido

Se define la xenofobia como una idea únicamente relacionada con el temor al extraño o diferente, al extranjero. Pero es obvio que tal definición no se cumple. No es suficiente la existencia de extraños o extranjeros para que surja. Pensemos en los miles de europeos que pueblan las costas del mediterráneo.

Necesita para aparecer de un contexto, de una estructura, de posiciones y significados para aquellos en los que surja.

En un sentido inconsciente el rechazo al inmigrante es un rechazo a aquella parte de nosotros que rememora muestro subconsciente económico-cultural estructural. Aquel en el cual no queremos reconocernos, pero reaparece sin cesar.

El sector agrario, en su evolución actual habría que llamarlo agroalimentario, supone al menos el 21% de la economía de la Región de Murcia. Es decir es una auténtica “infraestructura” económica de la Región. Una infraestructura que los murcianos rechazamos como fase económica y social atrasada, en la cual no nos reconocemos, pero sabemos de su fundamental importancia.

El trabajador/a inmigrante es el mas explotado y encarna esa fase anterior del proceso productivo del cual nos queremos alejar, y como consecuencia se genera una ideología cultural que le denigra y que luego vuelve de nuevo convertida en razón que justifica y facilita su explotación.

El trabajador inmigrante mal pagado es la infraestructura económica oculta que sostiene la Región. Es nuestro “otro” por que es lo que nosotros hemos sido y en cierto sentido somos pero hemos reprimido como forma social y de trabajo. Pero que un sistema económico injusto necesita para su reproducción.

Lo reprimido como fase productiva no-superada vuelve en forma de inmigrante.

La “castellanidad” incompleta

Murcia es una sociedad con sentimiento de inferioridad, acomplejada y avergonzada se sí misma. Su agraridad reciente y actual, su incompleta y siempre deficiente “castellanización” y la ausencia de una autoconciencia fuerte la relegan a un cierto grado de autoestigmatización.

Las clases dominantes murcianas evitan cualquier rasgo de murcianización para si mismas. Aquí el racismo lingüístico es palpable como distinción de clase social. Y muy a menudo directamente desprecian “lo murciano” como deformación inculta de una castellanidad que debiera ser el referente.

Estas clases dominantes de Murcia son herederas directas o indirectas de cuadros de mando del Estado central español. Con una conciencia que se podría definir con cierta exageración como cuasi-colonial administran un territorio con una población que no encaja con su ideal castellano y al que por lo tanto desprecian.

Las élites políticas regionales (particularmente de derechas), practican un murcianismo de “postizas y trajes regionales” precisamente para tratar de llenar el vacío que existe entre el poder y la gente común murciana que no es para nada ajena a este distanciamiento histórico.

La ironía es que los murcianos valoramos mucho mas a la nación española de lo que ella hace con nosotros.

Un centro de enseñanza para inmigrantes

Donde se unen estos sinuosos caminos podemos encontrar el colegio al cual llevo a mi hija, con un número muy bajo de niños, por el simple hecho de que a él acuden hijos de inmigrantes. Si bien es cierto que el neoliberalismo ha convertido la educación en una mercancía, y la ha sometido a toda una lógica del fetiche que se carga de todos nuestros deseos y aspiraciones más profundos.

Y mas egoístas, por que no decirlo. De forma falaz y superficial, una escuela tiene que adecuarse a deseos y expectativas que “superen” y “cumplan” la salida de nuestro complejo histórico-social de ser simplemente agricultores y la auto culpabilidad de no ser lo suficientemente castellanos.

Por que ambas cosas nos atan irremisiblemente a la inferioridad social. Por eso nuestros hijos no pueden compartir colegio con niños de padres y madres inmigrantes. La sociedad como un conjunto posee todas las respuestas, pero estas están divididas en tantos fragmentos como grupos fragmentarios forman dicha sociedad.

Pensador y campesino

El tiempo como consumación de la esencialidad

El tiempo podría ser exclusivamente la consumación de la esencialidad de la realidad. Es decir, la realidad cumple su propia esencia, a la cual tendríamos que esperar a su completa consumación para poder captar del todo, y esa transformación esencialista sería nuestra percepción del tiempo, donde el movimiento sería un tipo de cambio ilusorio, creado por nuestra posición en el propio proceso de la esencialidad.

Consumar la esencia es desenvolver todas las formas y realizaciones infinitas que el ser posee en sí.

Desde esta perspectiva tanto el tiempo como el espacio son en cierto modo ilusorios y los cambios no tendrían que ver con la espacialidad, ya que todo espacio geométrico sería un simple “momentum” de la esencialidad y no sería la clave explicativa de cualquier evento.

¿Cómo se podría construir una ciencia sin geometría, tiempo y en cierto modo causalidad?

De este modo unos dados lanzados numerosas veces serían un caso ilusorio de azar y de movimiento azaroso.

En algún momento he llegado a considerar que el azar sería otra forma de determinismo en el cual el resultado “siempre” sería incierto. Es decir un caso dado el cual siempre estaría “determinado” a tener un resultado “incierto”.

De lo dicho se puede seguir que el indeterminismo sería la consecuencia del tratamiento mecanicista de la naturaleza/realidad y que esta también podría concebirse, como hipótesis, como “voluntarista”.

El cumplimiento de la propia esencia, en su devenir, es nuestro aparente “tiempo”. Por lo tanto ¿el movimiento y el espacio son ficciones?

Pero en cierto modo ¿No estaría la esencia ya consumada? ¿Cómo podemos contemplar ese espectáculo? ¿Qué necesidad alberga el “ser” de tener que desenvolverse? ¿Por qué no está ya macizo y acabado? ¿O lo está realmente? ¿Es en el fondo un milagro pertenecer a esa faceta del ser que puede percibir su desenvolvimiento?

Pertenecemos a esa parte del ser que puede presenciar por esencia el devenir, esto se ha considerado a menudo como una imperfección, pero seguramente constituya una de nuestras mayores perfecciones y capacidades.

Los seres vivos somos, por tanto, testigos y partícipes de la danza del desenvolvimiento de la esencia.