El ser humano nunca ha existido

El ser humano puede que nunca haya existido. No existe el punto en el que ser humano aparece, ese punto exacto antes del cual no estaba y después del cual estaba en su rotunda presencia.

No podemos encontrar ese hito porque no existe. Ese punto temporal es un acuerdo. En realidad es un acto de creación, un “acto divino”. Es por eso que los mitos pueden narrar la creación de la humanidad y nosotros desde nuestro mundo moderno no podemos.

Seguramente eso implica que tampoco ha existido ese ser humano realmente en toda su esencia, y que ahora tampoco existe.

Podríamos, no obstante, pensar que hacerse humano es un “proceso”. ¿Qué no ha terminado? ¿Qué no ha comenzado nunca? ¿Un proceso que terminará cuando realmente seamos humanos?

El ser humano existe por creación ex-nihilo, como cualquier cosa que pasa de la nada a la profunda esencialidad. Aunque no sean dioses los que creen, aunque seamos nosotros mismos quienes lo hagamos.

La conciencia es un vacío

La conciencia podría ser semejante a un vacío que absorbe, una negatividad de materia que se apropia del mundo sin causarle efecto aparente.

Podría ser como un agujero negro que atrapase la luz y al resto de entes de la realidad. ¿Podríamos percibir alguna perturbación causada por esa absorción que realiza la conciencia de la realidad? ¿Sería esa misma perturbación la que captamos cuando alguien o algo nos mira sin que lo veamos realmente? ¿Ese sexto sentido del que en ocasiones se habla?

En la antigua concepción de la visión era el ojo el que emitía, no el que recibía, un “algo” que permitía ver. Irradiaba el mundo haciéndolo así visible. Como una “mano” que tocara las cosas y nos diera una idea de cómo es. Y ni mucho menos se trataba de una estupidez. Muy al contrario, solucionaba muchos problemas que presenta la visión, como la perspectiva.

Pero la conciencia es también la configuración de un “algo”. Es una forma, no tanto un ser, la conciencia no es un ente sino la infinita configuración de cualquier ente. Podemos soñar “ser” no solo otra persona sino también otra cosa. La conciencia se parece así a una potencia plástica.

En cierta manera es posible que también pueda salir, de hecho es posible, que los ojos, los oídos, etc., en vez de captar lo exterior, sean esa “salida” para la conciencia. Algo que sale y configura. Pero que sólo es detectable en esa misma configuración.

Es por todo ello paradójica pues tanto sale al mundo como lo absorbe, sin saber dónde empiezan o acaban ambos procesos. Si es como un vacío, no es un vacío inerte, tiene potencia, tiene la potencialidad del “formar”.

La conclusión parece, por tanto, que la conciencia no es un ente, ni una energía, sino una “capacidad de configuración de posibilidades”, ¿un vacío creador?

Así la conciencia no sería “algo” sino la configuración posible de un algo. Las posibles formas que algo toma. Solamente captable en sus configuraciones.

Ser un sujeto dotado de conciencia es, también, la capacidad de ser un objeto y resulta en este sentido aparentemente contradictorio. Se puede ser alguien en la medida en que se pueda ser algo, sin que haya solución de continuidad entre ambos.

Máquinas simbólicas

Enfrentar máquina, perteneciente al mundo de la lógica y la extensión, a simbólica ausente de este mundo, para hacer estallar nuevos significados que como fragmentos de una fragua, enriquezcan el pensamiento y las intuiciones, puede ser una tarea lúdica y profunda.

Símbolos no son “entes” que apuntan a otras realidades, como el lenguaje o un pictograma. No son señales de tráfico. Los entiendo como entidades “reales” que se alborotan con otra lógica diferente a la que hemos manejado hasta ahora. Su formación y transformación no requiere tiempo ni extensión, ni necesita del concierto de la lógica. Tampoco interpelan sobre la existencia o la cantidad. En cierta manera se colman a sí mismos.

Decir “maquinas” en este lugar es buscar relaciones que se repitan y un vago intento de dominarlas, de poseer su “funcionamiento”. Algo que emprende la marcha de una forma más o menor ordenada.

Acceder a la máquina simbólica es acceder a un nivel de síntesis que solo podemos intuir, sería integrarse en la magia simbólica y en sus secretos. ¿Hay máquinas simbólicas en la interacción entre la voluntad y las ideas de la conciencia? ¿Es la conciencia una forma de máquina simbólica?

La máquina simbólica es el tipo de imposible que merece la pena perseguir.

¿Sería una obra de arte una máquina simbólica? ¿Y un estado de sonoridad? ¿Un artefacto dadaísta o surrealista se acercaría a la idea de máquina simbólica? ¿O bien se podrían usar las abstracciones de Kandinsky haciéndolas físicas?

La dimensión del pensamiento, fuera del tiempo y el espacio sería la dimensión simbólica frente a la dimensión de los signos, que se movería en la espacialidad.

La dimensión simbólica se parecería analógicamente a un fluido el cual se transformaría de idea en idea sin contornos precisos ni momentos de transición.

La humanidad ya ha sido destruida

La humanidad ha sido destruida varias veces, habitualmente consecuencia de su impiedad. Es decir, por haber abandonado los designios para los que fue creada.

Eso nos cuentan los mitos. Mas nuestro “mito”: la razón tecno científica y su progreso, parece destruirnos no por negar sus designios sino por cumplirlos. “Per se” sin finalidad aparente, sin aprender nada de ello.

La humanidad se ha hecho sujeto, y como un individuo-sujeto puede morir, perecer ella misma. ¿Quién puede ser garganta y voz de ese sujeto humanidad? ¿Quién habla por ella? ¿Cuál es su voz?

Cuando los dioses decidían destruir a los hombres elegían a alguien que sería el último de esta humanidad y el primero de la siguiente ¿Dónde está esa elegida humanidad que continuará nuestros pasos?

Cuando Roma estuvo agobiada por los bárbaros y temía por su seguridad, los cristianos culparon a los paganos por sus pecados y éstos a los cristianos por haber minado la moral marcial de Roma.

Nuestra narrativa de humanidad moderna nos describe en un proceso de cambio (evolución-progreso), donde el dominio de lo externo es celebrado en cada “paso” y se convierte a la vez en la semilla, ya crecida, de nuestra propia destrucción.

El mito progreso, aparece como una contradicción en sí mismo. Si un dios nos hubiese obligado a “progresar” del modo que hemos hecho, podríamos ahora culparlo por ello, pero nuestro mito nos dice que nació de nosotros mismos, y que somos los únicos culpables, los únicos causantes…

El dios terrible que nos lleva a la destrucción está dentro de nosotros, de nuestra naturaleza, después de todo es normal pensar así ¿acaso no hemos cambiado a Dios por la naturaleza?

Si el progreso es también un mito debe poseer su Hybris, su propia desmesura, sería esa desmesura la que debe ser castigada. Pero el progreso no tiene “desmesura” solo tiene avance o retroceso. No conoce límite alguno.

El azar es un determinismo

El azar es en definitiva un determinismo, ya que al fin el azar se comporta de un modo determinista dando siempre el mismo resultado: lo imprevisible. Sería el opuesto, en este sentido, del determinismo: en un caso siempre sabríamos el resultado, en el otro siempre conoceríamos el no resultado.

Porque el azar es en nuestra época sinónimo de aquello que no es calculable, que es indeterminable. La época barroca y la ilustrada bajan al suelo la idea neoplatónica de las armonías del mundo, internándose en la tarea de contabilizar esas armonías.

En esa búsqueda y experimentación con lo determinado y lo indeterminado, con lo cuantificable y lo azaroso se utilizan e inventan auténticas máquinas del azar. Es la época de jugar con el azar como ese genio maléfico que se encuentra en el límite de la comprensión. Es la época de los juegos de azar y las loterías. Y no se casualidad puesto que la mecanización del mundo es lo que conduce a su “indeterminismo”.

¿Y si pensáramos un bombo de la lotería no como una secuencia de choques deterministas imposibles de calcular, sino más bien como esferas que actúan en libertad y de ese modo se trata de un acto “libre” y por ello no determinable?

Pensar el mundo “físico” como poseído de voluntad propia nos acercaría a una especie de “animismo” moderno. Donde las cosas fueran apeladas a través de la petición o la ¿invocación? De ese modo, con la realidad se “pactaría”, se pediría un acuerdo. Para contactar y tratar con ella y no para imponerse a través de una predicción dominadora de su naturaleza.

La voluntad

La conciencia, el yo, es como un pequeño ático con un balcón que vuela sobre las alturas: las flores y plantas que en él se encuentran son las ideas.

El balcón son los sentimientos y las pasiones, en él se dan el nerviosismo y el miedo, puesto que cuelga del vacío. Pero desde el interior hay algo más, algo más profundo, la voluntad-forma que es la base de todo lo demás. Es lo oculto pero no porque esté debajo, subconsciente o no se conozca.

Con el pensamiento hemos abusado de las metáforas del arriba y abajo, al igual que en toda mitología telúrica y divina que se precie.

La interioridad fija y estructural es esa “voluntad”, que también con-forma. Es fuerza y es orden, es un pequeño creador de cosmos, un pequeño Big-Bang interior. La causa material y formal en una misma esencia.

La “voluntad” puede ser, por tanto, una energía y causa material que transforma y se enfrenta a lo real de forma unitaria. No la elegimos, la somos, y a la vez nos conduce, nos hace. No la vemos, pues es la condición de todo lo que vemos, está oculta y a la vista. Somos esas fuerzas “desplegadas”.