Masculinidad y gimnasio

Cuando las máquinas dominan la producción, lo masculino en su excrecencia quiere renovarse a través de su apariencia: el gimnasio.

Solo en su estética puede el cuerpo masculino competir con la energía productora de capital de la máquina. Como promesa de un dominio que se pierde pero que puede retornar en forma totalitaria y anacrónica.

La clase social de los trabajadores fabriles, industriales, blancos de occidente se ha convertido en una clase conservadora. El propio desarrollo de las fuerzas productivas, la dinámica histórica les ha pasado por encima. Conservadores, porque sienten que su posición central en la producción, en el hogar y en la sociedad se ha desplazado.

El trabajo intelectual, los bajos salarios, la deslocalización, la producción robotizada… elementos que se convierten en palancas de modificación de la propia sociedad. De este modo, el inmigrante, la mujer, el homosexual, se convierten en imágenes reflectantes de su propia “deslocalización de la posición central”.

El trabajo está precarizado, los salarios son insuficientes para sostener una familia, en el hogar ya no se reina.

No obstante aún queda la masculinidad como racionalidad tecnológica o inteligencia técnica.

Si bien lo masculino era en el sacerdote la clave de unión con el mundo divino (en la mujer sólo al precio del celibato), en la inteligencia tecnológica aún cabalga el músculo masculino en forma de dominación.

La historia del poder en Europa es la historia de la “sangre”

La historia del poder en Europa es la historia del poder de la “sangre”. Llevada hasta la cima por la nobleza de los pueblos “bárbaros” y sus sistemas de elección de herederos de sangre. Empujada hasta el interior del propio Imperio Romano.

La pureza de sangre de la España inquisitorial, así como el nacimiento de las naciones modernas como comunidades de sangre, son sus consecuencias históricas. Y después, la llegada de la biología y las razas. Todo un largo camino histórico que impregna Europa.

¿Cómo hubiese sido el poder sin esa aportación? La antigüedad greco-romana no lo hubiese entendido plenamente: “la importancia de la pureza de la sangre”.

La sangre es carne, parentesco, familia, filiación, son nombres propios, árboles genealógicos. Pero es mucho más, es una inclusión-exclusión que se ancla en un mundo natural apenas existente como entidad durante la antigüedad y la Edad Media.

La idea de especie

La idea de “especie” (humana, animal, etc.) de la ciencias naturales de la Ilustración es el marco de las ideas humanistas, son su límite y marco. Antes de la especie había cristiandad, moros, francos, hispanos, que se yo, que en cierto momento se dieron la mano en el “hombre” humanista, para crear un sustrato de la “humanidad” primero y luego la inmersión en la naturaleza.

Que la especie adquiera un valor de conocimiento superior al conocimiento autorreferencial de “romano”, “galo”, “hispano” o “turco”, incluso al de “cristiano” o “sarraceno”, estos últimos religiosos y que consiguieron un notable éxito como conceptos organizadores de una mayor dimensión que los anteriores y solo comparables al de “ciudadano romano” de la antigüedad tardía. Eso fue un logro.

Repito, que la especie adquiera un valor de conocimiento superior indica ya un proyecto de conocimiento, de organización y de poder de notable altura, no como idea, sino como victoria para la historia.

Entre el “humano” cristiano que tiene alma y el “ser natural” se configura la idea de “humanidad”.

5/08/2018

¿Cuándo algo empieza a ser un sonido?

Probablemente no exista algo así como un silencio absoluto físico, (y tampoco un sonido absoluto) pero podemos, no obstante, presumir que para nuestra percepción habitual: el sonido es aquello que irrumpe sobre un lienzo previo que solemos denominar silencio.

La capacidad de contrastar “marcos de percepción” nos permite crear incesantes lienzos sonoros que pugnan unos con otros para llegar a tener sentido por sí mismos. En juego con las intensidades podemos fijar la atención por encima o por debajo para centrarnos en un paisaje o conformación determinada.

Y es de esta manera como creamos “silencios”, por vaciamiento de lo previo gracias a la “atención a lo nuevo”. Y así, por contrastación con un “absoluto silencio” ideal, comienzan los sonidos a aparecer como entidades independientes y significativas en un cosmos propio, que generan y del que forman parte.

Es importante notar que el marco sonoro o el lienzo, si nos resulta más clarificadora la imagen, no aparece previamente y al margen, sino que es creación del propio sonido, su consecuencia. Cada sonoridad crea su entorno y su marco, esa es la magia.

No es por tanto un sonido una entidad física o fisiológica sino una acotación intelectual. Dentro de la amalgama casi caótica de cualquier percepción natural, necesitamos filtrar, por así decir, para preparar la captación, crear un marco siempre diferente en el que al fin aparecerá el sonido, con determinación propia.

Pero podemos recorrer el camino inverso y generar un “entorno” ya en sí abstracto y casi vacío que podemos llenar de elementos simples para entender así su cristalización en sonido y el significado que aportan a ese entorno.

Podemos comenzar por la génesis de un sonido, por su atomicidad primera, por el primer impacto que nos inocula significado e intuición.

La geometría nos ayuda a recrear las interacciones más puras, las proporcionalidades más sencillas, aquí es donde entra en juego la síntesis de sonido, que nos permite “purificar” sonidos. Recrear las tensiones energéticas más sencillas para “verlas” funcionar en un espacio de sonoridad.

Se sigue de este concepto de acotación intelectual del marco sonoro, que debe haber algunos elementos que “signifiquen” o que tengan “sentido” por sí mismos. Es por ello que se hace necesario buscar dichos elementos primarios o al menos aquellos que podamos identificar como primarios y esenciales.

Por lo tanto, algo comienza a “sonar” cuando alcanza su independencia del ruido de fondo absoluto y cobra entidad, cuando adquiere consistencia y comienza a tener un significado autónomo.

Así que es consecuencia inevitable según este marco genético sería comenzar con la contrastación de la pureza y la organicidad.

(Estados de Sonoridad)

Conciencia-Realidad

¿Hemos conocido alguna vez la realidad en sí, sin la mediación de la conciencia? ¿Existía la realidad antes de ser conocida? ¿Cómo nos podemos acercarnos a esta cuestión con alguna garantía?

Cualquier afirmación sobre la realidad requiere ya del secreto acompañante, las palabras las dice una conciencia y es otra la que las recoge.

El sentido común nos dice que las cosas ya están ahí y que nosotros solo venimos a recogerlas. La conciencia, entendida así, sería como un contenedor vacío que se llena, se llena de realidad. La conciencia también podría ser como un espejo para la realidad: su reflejo. Pero nos falla la analogía porque sigue faltando “ese alguien” que mire al espejo.

¿Qué ocurre cuando soñamos que nos “vemos” viendo y a la vez “vemos” aquello que “ese yo” está viendo? ¿Cuántas conciencias puede ser una única conciencia?

La conciencia, siempre esquiva, podría ser el reducto inasible del sentido. Un punto sin extensión, infinito y sin lugar, en definitiva un aparente imposible.

Un imposible esencial no obstante. Desde el punto de vista de la materia como fenómeno no tiene lugar, ni tiempo, ni ocupa espacio.

La conciencia podría vivir en un límite imposible pero virtualmente existente, no un lugar sino una mera posibilidad. Una simple hipótesis pero la más necesaria de todas.

Materia, proporción y cambio

La relación existente entre la materia y la forma geométrica que esta adopta en sus diversas manifestaciones, es algo en lo que se ha reparado poco o no lo suficientemente. La relación entre la materia y la proporcionalidad nunca ha sido del todo algo evidente, la realidad no se nos presenta nunca de un modo “informe”.

Para Parménides el ser era una bola maciza, tal afirmación siempre resultó sorprendente, pero Newton en su gravitación universal desarrolló matemáticamente de qué modo la forma esférica era algo más que una simple sensación agradable a nuestro intelecto, procedente de una simetría de las formas. La materia (el mundo material) seguía esa misma tendencia al organizarse en las tres dimensiones del espacio, como un planeta o una estrella.

La tridimensionalidad se colmaba a sí misma mediante la forma esférica. Pero la esferidad también parece emparentada con la lógica, como conclusión más plausible y con la causa y el efecto, como sucesión temporal o de causas indefinidas y posiblemente infinitas, incognoscibles a priori. La realidad se expresa, o bien el yo “apresa” la realidad a través de estas proporcionalidades que “conforman” lo material.

La teoría física relativista desarrollada por A. Einstein contiene en sí un profundo idealismo matemático, ya que son las proporciones las que definen, en cierto modo, las fuerzas y el comportamiento de la materia.

Las posibilidades cognoscitivas mismas de la razón, están condicionadas ellas mismas por la posibilidad en que organizan el ser, y no sólo en su percepción sensible sino en su misma concreción intelectual.

De este modo las capacidades de la percepción, las formas abstractas o principios y la realidad material misma se aglutinan desfigurando sus contornos y dificultando su diferenciación.

Siguiendo este mismo esquema esbozado:

Desde el punto de vista de un observador intelectual, el todo, la totalidad, solo puede ser una esfera para un observador que pudiera serlo del todo. Esfera porque el desarrollo infinito del ser al organizarse y realizarse sólo puede hacerlo en forma esférica al cumplir todas las opciones posibles en todas las direcciones posibles, y en todos los momentos posibles.

Puesto que organizar el tiempo es semejante a organizar el espacio, sería igualmente aplicable a ambos elementos. De modo que no estamos únicamente ante una configuración espacial, sino temporal y ontológica.

Esto es lo que denomino el infinito configurando su esencia se constituye en un todo esférico. En esta afirmación se encuentran relacionados elementos materiales, espaciales, temporales, de causalidad, además de tipo lógico.

Si prescindimos de la temporalidad, la esencia sería “visualizable” por una conciencia entrenada y abierta. El ser sería como una goma elástica en la que su capacidad de estirarse sería el tiempo, su cumplimiento esencial.

No obstante, si la proporcionalidad aparece en la esfericidad del ser en su infinitud, la temporalidad solo se hace evidente a través de una proporcionalidad que lo haga evidente y muestre su auténtica estructura. En cierto sentido se podría decir que solo viéndonoslas con lo inconmensurable se puede apreciar lo conmensurable.

La dificultad de nuestro conocimiento para conectar el mundo geométrico temporal con estas digamos esencialidades que conocemos en forma de intuición es lo que deberíamos poder vencer. Quizás a partir de una conciencia que se sabe libre de esas dimensiones y que se mueve “en saltos” de una esfera a otra.

Pero hemos dicho con respecto a la cuestión de la visión que el sujeto puede ser el que crea el cono de visión y le da orden. Según esto último el ser sería una esfera cuando lo recrea una sujeto. Es decir, si igual que la visión organiza el campo y el cono de visión la capacidad de conocer podría actuar de un modo similar: generando un cono de conocimiento, de cognoscibilidad.

La esfera y el círculo: expresión del infinito.

El hecho de que la proporción matemática que “define” la circularidad, el número PI, sea una “tendencia” hacia el infinito nos indica que la proporcionalidad pura y el infinito no son acercables a través de las matemáticas.

La circularidad queda “inabarcable” para una sucesión numérica por más que esta tienda a crecer. (Los decimales calculados actualmente del número PI ya se cuentan por millones)

No obstante contamos con una idea “clara” de lo que es el infinito y la esferidad. De un modo intuitivo “conocemos” el infinito, pero no hay acercamiento mecánico-racional a ese concepto y sobre ello se ha pensado poco.

Con los intervalos musicales pasa algo parecido, al tratar de trasladar la proporcionalidad que intuimos de forma natural en la forma de proporciones matemáticas, no es posible encontrarlas de forma exacta y tenemos que acudir a una ley consuetudinaria para recrear las afinaciones.

Esto puede querer decir que las matemáticas, la geometría en definitiva, pueden no ser válidas para acceder del todo a las proporcionalidades fundamentales a las que accede la pura intuición. ¿Se debe a que las dimensiones espacio temporales en las que se fundamenta la matemática no son exactas? ¿En cierta manera no-esenciales?

Son exactas en aquellas proporcionalidades que pueden conmensurar, pero son incapaces, como la propia razón, de conmensurarse a sí mismas ni a la totalidad. Son esenciales respecto a sus propias relaciones. Pero parece que se muestran inesenciales en relación al tiempo y al proceso de cambio.

Por tanto, el tiempo y el cambio son los elementos que introducen la inconmensurabilidad en la razón misma. Con conmensurable quiero decir “abarcar” la relación, explicarla o razonarla a partir de otra.
¿Qué significa que algo solo sea perfecto en el infinito, se perfeccione en él?

La inadecuación de las proporcionalidades como origen del tiempo y la variación

En la realidad es como si la inadecuación de las proporcionalidades entres sí mismas, como la inconmensurabilidad de las proporciones matemáticas entre ellas, abriera una vorágine de “movimiento” en busca del equilibrio o de resolución lógica que solo se atisba en la infinitud.

En la aritmética más simple se ve esto. La unidad, el número 1, solo es posible como concepto por que aceptamos que se refiere abstractamente a algo esencial, igual a sí mismo e indivisible. Pero, para romper, dividir entre 2, un grupo de estas unidades: el 7 por ejemplo, tenemos que hacer pedazos una de estas unidades (3,5). La unidad deja de ser algo esencial, igual a sí misma e indivisible. Y así indefinidamente.

Es decir, la unidad, aunque se requiere para la comprensión del mundo debe poder “romperse,” por así decir, para continuar su ciclo transformada en una nueva unidad de distinto orden. La incapacidad de conmensurarse las proporciones a sí mismas abre un baile cósmico en busca de su propio equilibrio.

Cada ente en su definición posee una “disposición” hacia adelante que le cambia y le hace ligera, pero totalmente incoherente, con lo que era; iniciando un camino irreversible de transformación.

Algo parecido a un fractal de desarrollo indefinido, cuyo resultado final solo es concebible mediante una intuición pero que no es resoluble con un método mecánico que sólo contemplase una o muchas proporcionalidades definidas previamente.