La psicología como dispositivo social

“Se potencian todos aquellos caracteres adaptados al mercado y a la producción, que se convierten en virtudes. Por otro lado se convierten en carencias, negatividades, ausencias los caracteres no adaptados. Aquellos de los que no se puede extraer trabajo, capital o sumisión.”

(Si tú utilizas la psicología, compartes su funcionamiento, te sientes enfermo, etc… probablemente esta exposición de ideas quizás no sea para ti)

La psicología (como dispositivo social) abstrae todas las condiciones concretas que nos conforman en una forma abstracta e irreal, en este sentido burla la realidad y la niega.

Su propósito como “ciencia” es crear una serie de abstracciones y generalidades que describan al “ser humano”, independientemente de cualquier caracterización que lo concrete. Toda metodóloga científica o de saber tiende a buscar los conceptos más generales de su “campo de saber”, esta elección es siempre un momento crítico, una selección, una eliminación de otras posibilidades.

Pero esa elección se carga de sentido en el momento en que se realiza descartando toda las demás posibles opciones.

La psicología “científica” enmascara las concreciones en favor de generalizaciones políticas. Políticas por ignorar los poderes operantes en cada individuo, políticas por que la selección de generalidades es congruente con un modo de operar en la sociedad, congruentes con sus poderes.

Se potencian todos aquellos caracteres adaptados al mercado y a la producción, que se convierten en virtudes. Por otro lado se convierten en carencias, negatividades, ausencias los caracteres no adaptados. Aquellos de los que no se puede extraer trabajo, capital o sumisión.

Son políticas precisamente por su capacidad de enmascarar las diferencias y todos los aspectos que individualizan cada circunstancia.

Iguala e identifica todos los factores, simplificando un modelo de tal modo que solo existen individuos y circunstancias. Lo curioso es que tales individuos y tales circunstancias nunca son iguales entre sí, y sus diferencias serían realmente la clave para entender los problemas.

Por otra parte, una división médico-administrativa por géneros, razas, edades, clases sólo tendría un fin estadístico y no saldría del esquema en ningún sentido. En cierto modo no haría más que profundizar de manera sarcástica el enmascaramiento.

La psicología “científica” actúa como un cierre biológico y medicalizador de la energía explosiva de cada individuo. Institucionaliza y es institucionalizada, elabora y establece las normalidades y anormalidades.

Si todo esto no fuera suficiente, la medicalización y la farmacologización generan “enfermos” como cualquier otra industria genera sus productos.

Ubica el sufrimiento, o aquello que considera una ausencia o carencia, en un lugar conceptual aislado, y niega la posibilidad de enlazar ese lugar con un discurso que ligase diferentes aspectos generales y concretos de la vida humana; que extrajese relaciones de poder e injusticia en esa red donde aparece el malestar.

Utiliza postulados universales teleológicos, que definen a priori todo lo que aún no ha sido recorrido por la humanidad.

Para ilustrar lo que pretendo decir pondré un ejemplo. A individuos concretos que se sienten mal en grupo o al relacionarse, se les espeta una generalidad como: “los seres humanos somos sociales”, que hace las veces de teorema deductivo y casuística o etiología (ciencia de las causas).

Sirve tanto para descubrir al anormal como para prescribirle una solución. Además de servir de regla moral y de comportamiento.

No sabemos si tal afirmación pretende ser un imperativo ético o si más bien alude a una configuración biológica como especie. Si es el primer caso la libre elección debería presidir ese imperativo, si es el segundo nos encontramos en las turbias aguas de las especies naturales y sus características de normalidad y anormalidad.

Solo si pudiéramos colocarlos fuera del mundo, fuera de lo real, fuera del tiempo podríamos verificar ese postulado sobre la sociabilidad de los seres humanos, su sentido, su necesidad o su intensidad.
En nuestro mundo real, somos seres conformados por circunstancias, clases, razas, sexos, poder económico, relaciones de jerarquía…y anclados a una historia y a un devenir nunca resuelto.

¿Cómo podemos conocer de antemano el contenido de esos universales que dirijan la vida interior de los seres humanos?

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Una psicología anarquista o libertaria debería no definir los principios y capacidades humanas a priori, debería al contrario denunciar cada micro poder y subordinación que genera la frustración. Debería señalar cada elemento doloroso en cada circunstancia vital. Mostrar alternativas a las estructuras culturales, políticas y sociales que generan las frustraciones.

El índice universal al que estarían dirigidos sus universales sería una dirección vectorial, y cada átomo de concreción individual serían “momentos” de esa nebulosa de direcciones. Los postulados universales no estarían ya definidos sino que con el trascurrir del tiempo se irían llenando de sentido.

Todavía no sabemos que ha de ser el ser humano, no podemos definirlo según las necesidades de una sociedad históricamente concreta. Ni mucho menos según las estructuras e intereses de sistema de dominación concreto. Esto nunca será conocimiento

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Excurso

La depresión es un aviso, y una llamada de atención sobre nuestras circunstancias, una oportunidad para la introspección.

Desde que la medicalización nos robó los “estados del alma” ya no podemos disfrutar del sentimiento profundo de la introspección de nuestras tristezas.

Se han socializado de un modo particular y laboratorizado. Hemos dejado de poseer nuestro interior, puede que nunca lo hayamos tenido, desde luego ahora no. Nos han robado los estados del alma y el disfrute de charlar con ellos, contemplar sus tonos, colores, escalas y paisajes.

Si estuviera loco, medicalizado y enfermo podría “entender” lo que me ocurre. Habría una razón socialmente validada para mis sensaciones. Mi interior entraría a formar parte del discurso común e institucional y así, yo como mi entorno, podríamos encontrar un consuelo.

Mis desvaríos tendrían una traducción en una red de normalidad y la farmacología sería mi muda cama social. Toda la red de signos de la medicina, la psiquiatría y la piscología me acunarían para volver a unirme a la realidad, aunque sea desde su borde lejano.

No poder traducir las vivencias a una normalidad discursiva es vivir en un plano diferente, en las antípodas del sentido humano, en un exilio no buscado pero inevitable.

Si estuviera loco podría ser exterminado en una cámara de gas o bien arrullado por una jaula química de la farmacología según las oscilaciones del poder.

Si estuviera loco debería relajar las pasiones y la exaltación, para no forzar la red de la realidad, sería mi principal obligación. Volver cuanto antes del viaje fuera del sentido y los símbolos aceptados.

Si estuviera loco aceptaría que mis ideas no tienen sentido en un afuera, que no hay un afuera en mi locura, que todo ocurre en mi interior. La interioridad es el lugar la locura, sin exterioridad ni relación con el resto de la realidad humana.

La locura como construcción social es un inmenso muro contra los inmigrantes que proceden del caos de nuestro interior.

La lógica del consumo II

Identificar “la pobreza” con el excluido o con alguna minoría étnica facilita evitar que se reproduzcan exigencias de reparto por parte de la población.

¿Se puede hacer una geografía del consumo? Pero no una que coincida con ciudades y países, continentes, rutas de comercio. Si no una que cartografíe más que los lugares físicos, los lugares conceptuales, sus fuerzas, compuertas, aperturas, flujos y magnetismos. Las rutas que crea y despliega, las planicies y los fosos que construye.

Pero una visión tan estática no refleja bien su funcionamiento. Necesitamos una descripción dinámica, independizar el propio proceso del consumo para describirlo en sus procesos de privación/promisión. Sus lugares estáticos y dinámicos.

Sería necesario contar con una Teoría de flujos de consumo. Imaginar el consumo como el flujo de un líquido con canales y compuertas. Una hidráulica. De ella surgirían mapas de consumo y de su funcionamiento, posibilidades de movimiento. Movimientos permitidos, prohibidos y flujos físicos dirigidos.

Obviamente la hidráulica del consumo es una parte de la más general del capital, y el reverso de la hidráulica de la producción. No obstante su lógica necesita de aspectos particulares, necesita de un sistema de protección integral de la mercancía, necesita de un sistema de promoción de la mercancía y finalmente necesita un sistema de puesta en relación de la mercancía con su consumidor.

Visión del paraíso

La mercadotecnia y el diseño de productos, ha elevado a nueva dimensión la mercancía, el colorido, la iluminación y la variedad emulan la sensación primordial de la visión de la naturaleza desnuda en toda su brillante variedad (la visión psicodélica de liberación percepcional).
Como en un viaje en el que la realidad primordial y la naturaleza mostraran todos sus colores desnudos y radiantes. Un encuentro con la proliferación y la exuberancia es la visión de los anaqueles atestados de productos.

Un paraíso de emociones lumínicas, de juegos de colores y formas, asequibles al ojo y a la mano, dispuestos en una ordenación lineal que genera perspectivas y ángulos. No hay lugar para la distracción, para el descanso, para el reposo. Ordenado según la razón, generoso como la madre naturaleza.

Las estanterías nos rodean, no hay espacio para distracción, todas las mercancías están ahí al alcance de nuestra mano, no hay nada fuera de ellas. En los grandes supermercados el techo está inasiblemente alto, demasiado para fijar la vista en él. Sólo mirando al suelo podrías evitar la visión del paraíso, pero evitar la mirada es un gesto y una actitud humanamente reprobable. Habría que estar mirando constantemente al infierno para no ver el paraíso.

En los supermercados el flujo corre desde lo superfluo hacia lo más necesario. Los alimentos que siempre han sido considerados básicos están en los lugares más inaccesibles y laterales. Lo innecesario es el protagonista central de la disposición teatral de la mercancía.

Las frutas y verduras no están, en general, empaquetadas. Su propia presencia es paradisíaca, no necesita de una mercadotecnia que la transmute, como un envoltorio convierte a un simple puñado de maíz seco, en una ración deseable de cielo.

Fuera de los flujos

Un golpe a la indiferencia, un giro de esquina ¿Por qué los mendigos siempre están tirados en el suelo, a ras de él? ¿Por qué nunca están subidos a algo, elevados, por encima de los transeúntes? ¿Qué historia esconde la mendicidad? ¿Por qué es una posición orante, suplicante, algo que está por debajo de nosotros?

Nos permite una visión superior, de señor. Cuando alguien pide erguido casi pensamos que nos roba. Animalizarse, arrastrarse, reptilizarse, para ellos es una obligación que nos ayuda a tranquilizarnos, la tranquilidad que proporciona el orden.

Imaginemos a unos mendigos subidos a cualquier cosa, como una plataforma elevada. La impresión que nos causarían sería aterradora (para nosotros), su vida y su significado se elevarían también, estarían más cerca de la verdad, más cerca de lo divino, por eso los necesitamos tirados por los suelos. Su realidad ontológica es menor y nos facilita la indiferencia.

La limpieza de mendigos, primer mandamiento de la lógica de una geografía de consumo. Sucia tarea de limpieza que la esfera económica no tiene reparos en delegar en el Estado. Tarea que este asume con placer, “el perro de aliento frío” es la infraestructura necesaria para el consumo.

Todo marginado social es una nota de advertencia, un signo a gritos de los límites del propio proyecto social. Una escalera descendente para aquellos que no cumplan con la lógica social. Pero al mismo tiempo tienen la utilidad de mostrar a la mayoría que aún existen límites inferiores a ellos mismos. Que el precio a pagar sería muy alto.

En este sentido no existe en este país (España) una minoría étnica que siendo tan escaso su número tenga un efecto dialéctico semejante: los gitanos.

Identificar “la pobreza” con el excluido o con alguna minoría étnica facilita evitar que se reproduzcan exigencias de reparto por parte de la población. Construidos en un espacio simbólico de desprecio e incomprensión se prefiere la escasez para todos antes que beneficiar a “esos parásitos a los que odiamos”. Como ideología de control es impecable.

La lógica del consumo I