La mirada del otro

“Por un instante dejamos de vivir en nosotros mismos y únicamente vivimos en el interior de quien nos mira. Somos enajenados de nosotros, y como objetos de otra conciencia somos capaces de sentir la objetualización para otro como realidad ontológica.”

En soledad no existimos como individuos, existimos como una totalidad extensiva con todas las cosas. No hay exterioridad, todo es una continua interioridad-exterioridad. Los pensamientos, las cosas, la existencia entera tiene una continuidad, en la que el “yo” no se sabe diferenciado de lo demás. En cierto modo, se podría afirmar que no existe ese “yo”. La plenitud extensiva implica que el yo es solamente el punto de vista desde el cual la realidad se mira a sí misma.

Ser descubierto por otra conciencia parte nuestra posición de equilibrio, esa conciencia exterior a nosotros, nos priva de la extensividad de nuestra conciencia con el mundo, y nos envía directamente al descubrimiento de nuestro “yo”.

Ser descubierto por otra conciencia nos hace “sujetos”, Nos “sujeta” a una parte de nosotros y abre un abismo con el mundo. Pero además, genera la forma en que debemos mirar el resto de cosas, genera lo otro como objeto. La interioridad surge como una respuesta a esa ruptura, es una reacción a la división.

Amarrar nuestra interioridad abre el campo a una exterioridad espacial y temporal objetivable, al mundo de la razón. Genera el espacio para que aparezcan todas las categorías del lenguaje, la metafísica o la ciencia.

Ser percibido por otra conciencia nos coloca en otro espacio constitutivo, nuevas reglas emergen y todo cambia a nuestro alrededor.

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Ser para otro nos da la medida de lo que somos para nosotros mismos. En una instantaneidad temporal salimos del solipsismo y nos tenemos que entregar a un juego de máscaras. Ser mirado por otro nos muestra con transparencia la “brutal” igualdad de los seres humanos, y el malestar de cargar con nuestra “personalidad”, la cual nos dice quiénes somos frente a ese otro.

Nuestra realidad externa, dormida en su presencia, despierta en gritos ante la mirada del otro. Se hace presente nuestro cuerpo y la imagen que tenemos de él. Los ojos ajenos se convierten en el perfecto reflejo ¿De nosotros mismos?

¿Qué se esconde detrás de la mirada del otro? ¿Su mirada debe ser un espejo, reflejar todo aquello que nosotros “sentimos” en nosotros? “Espejo” es aquí una palabra clave, la mirada del otro es un espejo en el que nos reflejamos.

La mirada del otro se puede convertir en una experiencia terrorífica para quien no está dispuesto a ver su propia imagen. ¿Pero esta imagen que se refleja es la nuestra o la que nos envía la humanización? ¿La cultura?

Por un instante dejamos de vivir en nosotros mismos y únicamente vivimos en el interior de quien nos mira. Somos enajenados de nosotros, y como objetos de otra conciencia somos capaces de sentir la objetualización para otro como realidad ontológica.

Desconozco las implicaciones que tiene ser objetualizado y sus más que posibles relaciones con la locura. Pero si parece que el proceso de humanización y el de individualización parecen andar a la par, y que la separación entre sujeto y objeto ha sido un largo y tortuoso camino que, no obstante, permanece en nosotros como una dolorosa separación o como la caída del paraíso.

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¿Pudieron los objetos del mundo mirarnos cómo ahora nos miran otros seres humanos? ¿En esta situación habría sido lícito llamarlos objetos?

¿Cómo aparecieron las nociones de distinción entre seres humanos y animales, entre seres inanimados y animados, entre animales y plantas?

¿Pudieron animales y plantas así como todo el mundo natural convertirse en indiscretos observadores de una antigua humanidad? ¿En que nos convertía esa mirada?

¿Sabía una época animista verse observada por la naturaleza y descubrirse a través de ella?

¿Cómo podríamos hacer una arqueología de formas de racionalidad previas en las que ni la individualización ni la humanización eran elementos centrales?

Quizás la época de la razón sea demasiado humana a causa de haber cegado todo “lo otro”. Nos quedaría por explorar la relación entre sólo ser interpelados por seres humanos y la objetualización del mundo.

En resumen, hemos desarrollado:

• La ruptura de la existencia continua interior/exterior.

• La creación de lo objetivable, que tiene consecuencias para la propia creación del yo y para las condiciones del conocimiento tal cual lo conocemos.

• La creación de nuestro yo humano, frente y sólo frente, a otros humanos. Esto nos lleva a una época donde “lo humano” se hace central, una categoría especial, mientras que el resto del mundo natural queda relegado al mundo de los objetos. Objetualidad creada y generada por la propia división.

Internet, subordination and virtualized reality

The Internet has undergone an evolution as if it were human history itself. It began as a communal time of gatherers and hunters and has become a form of reigns of the Bronze Age.

The neo-liberal era has vectors and poles of direction that point to a structure of “local caciques”, where few magnates accumulate the subordination of large groups, articulated very irregularly with the State. This locality is expressed both geographically and by economic sectors. This same scheme has reproduced internet. A new epoch of accumulation of locality, when, in theory, we lived in a global age.

In that sense, the internet has reproduced this structure perfectly. It would be an example of technology shaped by an economic and power scheme.

The need to adhere to poles of importance and attraction is internal to the functioning of social networks. His logic, moreover, strongly emphasizes the feeling of isolation and loneliness if not complied with that precept. In its operation, the flow itself or the relationship have no value unless they are hierarchical.

Social networks are not mechanisms to relate individuals, but rather, instruments of forced creation of hierarchies and groups of monitoring and subordination. There is an “appearance” of horizontality, but really, what they generate are vertical relationships and bags of subordination.

Nowhere can you feel as alone as in the midst of an immensity of people. Loneliness is relative to what surrounds you and the relationship model that is dominant. Under the guise of being a potential ocean of relationships and a call to the virtual relationship; We are subjected to a system of rewards and punishments of “vertical communality” and mocked ontological reality.

The desire to socialize itself is conveyed towards a model that swells, certainly capital (which is mocked those who generate it digitally), in addition to a scheme that feeds bags of power, meaning and superiority.

New forms of “authority” arise, like an ironic laugh for the dream of a horizontality of opinions. A superior authority backed by a digital communality, theoretically voluntary and horizontal. In a clear example of how technological possibilities can open a huge field and yet the historical configuration does not allow its development.

The data generated by one’s “life” becomes capital per unit of time. The users become fertile generators of a product that is alienated, converted into virtual data mediators; producers and limited consumers, of a mass of data privatized.

The constantly created creative capital is constantly alienated. Transformed into forms usable by capital and States. It is no longer the digital “identity” and the traces negotiated as assets, it is a whole mechanism of fixation of behavior, identifiable, individualizable, measurable and ultimately salable and usable. The own way of using and the objectives of its use are already predetermined. An individualized subject is created to adhere to actions, predetermined actions that constitute its attributes are created and so on.

The reality is not “real” if it is not virtualized, the experiences are not, but are shared, the more they are, the more real they will be. Ontologically, the real has been transformed. If in the laboratory it is the devices themselves that give us the mediation with reality, in the digital world reality does not come together until it is included in virtuality. That is why the virtual and digital world of communication networks is our mediation with the “authentic reality” of our time.

In an endless circuit of Reality Show we have to participate simultaneously as actors and spectators of our own existence and that of others. Validated, yes, in its “ontological power” by the received repeatability. (The likes)

In this way it continues to be fulfilled that it is technology that defines the real. And it is their mediation that gives us their contours. However, technologies are daughters of the power of an era and are molded by it.

The model of Reality Show, has become the preferred model of aesthetic representation, to see oneself in the virtual world is the fulfillment of the desire to renew and intensify our own reality in the world. As an evolution of mass media: individualized and globalized at the same time.

It is said that the servant dreamed of being king, in our time we wanted to be televisions and repeat the scheme: single issuer, and multiple and passive receivers. Although technology has allowed different forms, we have not managed to escape from a communication-power scheme that has taught us to relate.

Internet, subordinación y realidad virtualizada

“En ningún lugar uno se puede sentir tan solo como en medio de una inmensidad de personas. La soledad es relativa a lo que nos rodea y al modelo de relación que sea dominante.”

Internet ha sufrido una evolución como si de la propia historia humana se tratara. Comenzó como una época comunal de recolectores y cazadores y ha devenido en una forma de reinados de la Edad del Bronce.

La época neo-liberal tiene vectores y polos de dirección que apuntan a una estructura de “caciques locales”, donde pocos magnates acumulan la subordinación de grandes grupos, articulados muy irregularmente con el Estado. Esta localidad se expresa tanto geográficamente como por sectores económicos. Este mismo esquema ha reproducido internet. Una nueva época de acumulación de localidad, cuando, en teoría, vivíamos en una época de globalidad.

En ese sentido internet ha reproducido esta estructura a la perfección. Se trataría de un ejemplo de tecnología moldeada por un esquema económico y de poder.

La necesidad de adherirse a polos de importancia y atracción es interna al funcionamiento de las redes sociales. Su lógica, además, remarca fuertemente la sensación de aislamiento y soledad sino se cumple con ese precepto. En su funcionamiento, el propio flujo o la relación carecen de valor sino están jerarquizados.

Las redes sociales no son mecanismos de relacionar individuos, sino más bien, instrumentos de creación forzosa de jerarquías y grupos de seguimiento y subordinación. Hay una “apariencia” de horizontalidad, pero realmente, lo que generan son relaciones verticales y bolsas de supeditación.

En ningún lugar uno se puede sentir tan solo como en medio de una inmensidad de personas. La soledad es relativa a lo que nos rodea y al modelo de relación que sea dominante. Bajo la apariencia de ser un potencial océano de relaciones y una llamada a la relación virtual; se nos somete a un sistema de premios y castigos de “comunalidad vertical” y realidad ontológica burlada.

El propio deseo de socializar es vehiculado hacia un modelo que engrosa, desde luego el capital (que es burlado a aquellos que lo generan digitalmente), además de a un esquema que alimenta bolsas de poder, de sentido y de superioridad.

Nuevas formas de “autoridad” surgen, como una risa irónica para el sueño de una horizontalidad de opiniones. Una superior autoridad respaldada por una comunalidad digital, teóricamente voluntaria y horizontal. En un ejemplo claro de cómo las posibilidades tecnológicas pueden abrir un campo enorme y sin embargo la configuración histórica no permitir su desarrollo.

Los datos generados por la propia “vida” se convierten en capital por unidad de tiempo. Los usuari@s se convierten en fértiles generadores de un producto que les es enajenado, convertidos en mediadores de datos virtuales; productores y limitadamente consumidores, de una masa de datos privatizada.

El capital creativo constantemente creado es constantemente enajenado. Transformado en formas usables por el capital y los Estados. No es ya la “identidad” digital y los rastros negociados como activos, es toda una mecánica de fijación del comportamiento, identificable, individualizable, medible y en última instancia vendible y utilizable. La propia forma de usar y los objetivos de su uso ya están predeterminados. Se crea un sujeto individualizado al que adherir acciones, se crean acciones predeterminadas que constituyan sus atributos y así sucesivamente.

La realidad no es “real” si no se virtualiza, las vivencias no lo son sino son compartidas, cuanto más lo sean, más reales serán. Ontológicamente lo real se ha transformado. Si en el laboratorio son los propios aparatos los que nos dan la mediación con la realidad, en el mundo digital la realidad no cuaja hasta verse incluida en la virtualidad. Es por ello, que el mundo virtual y digital de las redes de comunicación es nuestra mediación con la “auténtica realidad” de nuestra época.

En un circuito interminable de Reality Show hemos de participar simultáneamente como actores y espectadores de nuestra propia existencia y la de los demás. Validada, eso sí, en su “potencia ontológica” por la repetibilidad recibida. (Los likes)

De este modo se sigue cumpliendo que es la tecnología la que define lo real. Y es su mediación la que nos proporciona sus contornos. No obstante las tecnologías son hijas del poder de una época y son moldeadas por él.

El modelo de Reality Show, se ha convertido en el modelo de representación estética preferido, verse a uno mismo en el mundo virtual es el cumplimiento del deseo de renovar e intensificar nuestra propia realidad en el mundo. Como una evolución de los medios de comunicación de masas: individualizados y globalizados a la par.

Se dice que el siervo soñaba con ser rey, en nuestra época hemos querido ser televisiones y repetir el esquema: emisor único, y múltiples y pasivos receptores. Aunque la tecnología hubiese permitido diversas formas, no hemos sabido escapar de un esquema de comunicación-poder, que nos ha enseñado a relacionarnos.

Anacronismo, unidimensionalidad y racionalidad tecno-científica

“El pensamiento cientifista posee una narrativa que borra los orígenes y eleva un “eterno presente” convertido en “rejilla” comprensiva de todas las cosas.”

Pretendemos remarcar la relación entre la incapacidad de nuestra época de salir de sí misma: unidimensionalidad, traída a nosotros por la racionalidad tecno-científica y los intentos de perforar el cerco, la genealogía e incluso en menor medida la hermenéutica de Gádamer.

El “anacronismo” es nuestra seña de identidad epocal. No podemos tocar nada sin dejar nuestra huella en ello. Como un traje de contaminación biológica: no penetra nada en él, e infecta todo aquello que toca.

La racionalidad tecno-científica tiene sus jerarquías y modos de generación de verdad, unos circuitos de circulación y de reconocimiento. Una “verdad” de laboratorio requiere el concurso de varios expertos, grupos, revistas especializadas, etc. No obstante, esto no fue siempre así, en la ciencia barroca y en los albores de la Revolución Científica existía el filósofo natural aislado.

Los procesos de generación de verdad apenas estaban institucionalizados, y los trabajos se realizaban con gran independencia y fuera de la oficialidad. En ocasiones con fuerte oposición de ella. Las formas de verdad estaban asidas en modos de relación con entornos aún feudales. Sin embargo todos los “padres” de la ciencia tuvieron este perfil: solitarios aristócratas o artesanos de un mundo absolutista y semi-feudal.

La demolición de las racionalidades del Antiguo Régimen tuvo como consecuencia el desarrollo de una nueva forma de racionalidad imperante. La racionalidad tecno-científica, más que un proyecto de ciencia, la entiendo como un proyecto global de explicación y justificación de la realidad en su conjunto.

El pensamiento cientifista posee una narrativa que borra los orígenes y eleva un “eterno presente” convertido en “rejilla” comprensiva de todas las cosas. Ese presentismo crea una circularidad explicativa de nosotros mismos (unidimensionalidad). Un estado de cosas actual, facticio e histórico se convierte así en una estructura lógica de la realidad, a-histórica y con la aparente fuerza explicativa como para llevarla como norma para cualquier periodo histórico.

La “presunta” resolución de todos los problemas lógicos, metafísicos o incluso religiosos, por nuestra época se extiende hacia la ética: “Hemos resuelto los problemas éticos” y si no se ha hecho es porque “ahora” sabemos que no es posible. La presunta capacidad tecno-científica de resolver todos los problemas se vuelve ideología, y como buena ideología nos brinda desde el futuro la total tranquilidad de haber conseguido todas las soluciones, a pesar de que hoy por hoy no las tengamos.

El “cientifismo” apela a un universo cerrado en cuanto a las posibles explicaciones, estas siempre serán de un cierto tipo y además si no existen hoy, existirán inevitablemente en el futuro. Si bien todo no está explicado, es solo cuestión de tiempo, que lo sea, es decir: con la seguridad de contar con un “método” que permitirá abolir la oscuridad, el presente, el pasado y el futuro pierden su esencia y están amontonados en un “presente total”. Presente que expulsa por esencia cualquier opción alternativa.

Se trata de una forma de verdad que avanza por acumulación o en ocasiones por sustitución. Es paralela a la lógica o forma de racionalidad de la propia sociedad industrial. Se nos dice que acumulamos “potencias” porque el camino del desarrollo es el adecuado o bien en un truco publicitario, tenemos que “cambiar” de paradigma para poder seguir por la misma vía de progreso.

En este sentido las periódicas crisis del virus ébola son significativas. EL protocolo de protección requiere de un radical “afuera” y un radical “adentro”. La necesaria rutina minuciosa de vestimiento y desvestimiento, es una buena metáfora del minucioso escrutinio de la realidad tecno-científica. Además de ser un comportamiento protocolizado, minucioso y repetible. Un método que nos protegerá de hacer preguntas que pueden resultar infecciosas al propio equilibrio del medio.

Los países del aún llamado Tercer Mundo siguen siendo esferas exteriores, donde la racionalidad aún no ha cuajado y de la cual pueden emerger todos los fantasmas del pasado. Los medios de comunicación crean las fronteras, es más, generan la falsa sensación de que existe una frontera, un límite exacto que los “zombies” podrían estar rebasando continuamente. Por lo tanto nuestro “anacronismo” es pariente de nuestro tradicional “xeno-fobismo” Aunque el propio concepto de Tercer Mundo es ya anacrónico, ha cuajado como parábola infantil para generar límites y terrores de todo tipo.

El pasado para nosotros presenta un doble problema, de un lado hemos de explicarlo desde nosotros mismos y nuestra época, pero además somos conscientes de que en él reside nuestro origen. ¿Cómo un pasado cerrado y absurdo puede ser nuestro padre? Seleccionando figuras aisladas y desvinculando sus actividades de su todo, como flechas que apuntan a nosotros, o mejor dicho hacia la selección creada de nosotros mismos.

Las líneas de marcación del pasado hacia nosotros son construcciones discursivas de carácter demostrativo y teleológico. El presente estaba allí, pero aún no se había desarrollado. Su finalidad estaba latente y la tarea de la Historia es mostrar su lento madurar.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX la filosofía vivió momentos difíciles, en los cuales parecía que el proyecto científico no dejaba espacio a la reflexión filosófica. El rescate que hicieron las vanguardias de Nietzsche vino a abrir un apertura en el muro, que sigue abierto. Al fragor de la artillería, el hedor de las trincheras y el olor a gas mostaza mostró la no excepcionalidad de la guerra en el periplo humanista, sino más bien, su truculenta continuidad.

El pensamiento de raíz genealogista ha tratado de usar la acumulación sincrónica de los discursos para descubrir su formación y provocar su deformación abriendo el círculo cerrado. Todas las filosofías que introducen la historia producen cierta indigestión a la verdad. A la verdad no le gusta su historia y a nuestro mundo tecno-científico no le interesa la suya propia, salvo aquella que genera una dirección inequívoca hacia sí misma. Esta introduce incertidumbre y relatividad, así como espacio para otras formas de racionalidad.

La Prisión Provincial de Murcia

“El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás.”

Hay un cierto aire molesto en su presencia. Muda e indiferente abruma con su densidad. Rotunda corporeidad pétrea, incomprensible realidad urbana, enigma para la definición del viandante. A nadie se le escapa su carácter punitivo y de castigo. Incomoda su naturaleza.

Muros de fortaleza a la que nadie ha querido sitiar, y de la que nadie ha podido escapar. Siendo un ojo inquisidor hecho arquitectura, ha quedado fuera de todas las miradas. Como un cuerpo desnudo y deforme que ha de ser escondido en una silenciosa penumbra.

Las prisiones de hoy día no están a la vista, están adecuadamente alejadas de nosotros, y de su incómoda realidad. Son estructuras abyectas, cerca de las cuales, nadie quiere vivir. Como si el mal que contuvieran pudiera filtrarse como el sumidero de la industria más tóxica.

Pero nuestra Prisión Provincial fue ella misma apresada por el crecimiento urbano, encerrada en una ciudad que se avergüenza de su presencia. Proyectada en 1922 e inaugurada en 1929, quedaba en lo que entonces era una zona situada en las afueras de la ciudad.

Como edificio, es una completa plasmación de toda la evolución del siglo XIX, de sus técnicas punitivas, consensos jurídicos y transformaciones sociales y económicas. Un organismo pan-óptico con ornamentos que miraban al pasado y tecnologías que miraban al presente, como el propio fascismo que le dio su fin último en una explosión de violencia ciega y observada, en un espectáculo mudo y ciego en 1939.

Tiene su ironía que un edificio pensado para “mirar” a aquell@s que son arrojad@s a su interior, haya quedado fuera de todas las miradas. Opaco desde el exterior, transparente en su interioridad. Lugar de visiones olvidadas y sepultadas. Psico-imágenes de espanto barridas por el tiempo y adheridas a una estructura arquitectónica pensada para vigilar.

Cuando Jeremías Bentham diseñaba el modelo básico de la cárcel de la modernidad, tenía en mente un sistema integrado de vigilancia, donde sus moradores pudieran pasar de la fábrica al penal pasando por la escuela sin sentir ninguna extrañeza arquitectónica. Una nueva gestión humana para un nuevo sistema de gestión social propio de la economía capitalista. «La mayor felicidad para el mayor número.»

Ese salto a la modernidad en la Región de Murcia fue muy tardío, y no fue hasta principios del siglo XX que tuvimos el “privilegio” de contar con una prisión “disciplinaria” benthaniana.

Pero fue cuando el cuerpo embalsamado de Jeremías Bentham se encontró con un romántico “Cantar del Mío Cid”, que el edificio de múltiples brazos y concepción axial encuentra su cénit. Sería más honesto decir que las “tecnologías” liberales y la represión nacionalista más conservadora se dieron la mano en la Prisión Provincial de Murcia.

Un edificio de un mundo capitalista encontró su pasión en el nacionalismo aberrante. Los restos de un imperialismo caduco, con sus huellas rescatadas y disecadas con tinta romántica. Como el naturalista que buscó disecar algo que ya no estaba, para su disfrute y permanencia, cuando ya era un mero cadáver.

Signos y reliquias de monarquías de revoltillo europeo adornaban sus paredes. Animales sagrados sacados de escudos de armas de épocas feudales, que nadie ha sabido quitarse de encima. Animales sagrados, liberados de sus genealogías religiosas, convertidos en símbolos de poder, nobleza y violencia venidos al rescate de un capitalismo que no podía evitar ser y no se dejaba ser.

Un proyecto nacional fundamentado en el expurgo y la muerte, que cuenta con siglos de experiencia en expulsiones, autos de fe y pureza de sangre.

Una sociedad silenciada y herida que grita a través de la piel, a través de unos ojos sumidos en la indiferencia y el terror. El fascismo instalado en los cuerpos no deja espacio para la sanación, se ha hecho costra ética y física. Putrefacción endurecida. El recuerdo de que el castigo y el sufrimiento son pilares de nuestras sociedades, empapadas de una cultura de la muerte y la sumisión.

Un edificio que llegó tarde, como la modernidad a la Región de Murcia.

El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás. En ocasiones podemos captar los gritos, aunque se haya separado de su significado, como un significante que no sabemos a qué apunta.

En este edificio ya no queda nada, se perdieron sus gritos y sus significados. Sólo la memoria de la barbarie puede liberar los signos y mostrarnos el camino que debe seguir la sanación de una cultura.

Su silencio es el nuestro, su ensimismamiento también.

La lógica del consumo

“El ser humano necesita “pagar” por su propia existencia, es una deuda indeterminada y contraída antes de nacer, una deuda religiosa que los liberales racionalizaron y generalizaron a toda la faz de la Tierra.”

El consumo estructura una “geografía”, y delimita el modo de uso de cada espacio y lugar. Genera jerarquías de uso y pugna por la construcción constante de esferas administradas, necesarias para el funcionamiento del trabajo y de sí mismo.

El trabajo necesita de un espacio disciplinario, pero casi se diría que el consumo lo requiere aún más, el consumidor moderno es lo suficientemente manso como para no “coger” aquello que no puede pagar, pero lo suficientemente deseoso para no dejar de consumir. Entre la mansedumbre y la incitación al deseo se mueve nuestra sociedad “administrada”.

Existen otras muchas geografías heredadas de otras épocas. La humanidad arrastra con vehemencia su pasado que se instala en el presente en estratos moldeados y conflictivos. Las nuevas fuerzas históricas dan forma a las anteriores sin ser capaces, muchas veces, de extinguirlas. El capitalismo ha necesitado de la inestimable herencia de fases anteriores: la propiedad, aunque transformada, la primacía del varón, son elementos sobre los que se eleva nuestra realidad actual y sin los cuales sería inconcebible.

El marxismo en el fondo lo que promete es que esta lógica acabará aplastando y aplanando el resto de fuerzas que la humanidad ha manejado hasta ahora, jerarquías, etc. Pero ¿Esto es cierto? ¿Está la lógica del mercado igualando todas las esferas vitales humanas?

La lógica del consumo nos rodea, ella dirige los flujos vitales en el espacio público. La libertad es equivalente a la capacidad de compra con la que se iguala. Libertad en su sentido más simple: de posibilidad. La posibilidad misma de nuestros actos debe concordar con ella. La metáfora publicitaria de un mundo en continuo movimiento es la irónica escenificación del constante intercambio de capital. Mediador de todo acto vital y de toda posibilidad de acción.

Parece que surge aquí una antigua deuda contraída por la humanidad con la divinidad que le daba cobijo. El ser humano necesita “pagar” por su propia existencia, es una deuda indeterminada y contraída antes de nacer, una deuda religiosa que los liberales racionalizaron y generalizaron a toda la faz de la Tierra.

Nuestro caminar ensucia el paraíso terrenal y más si nuestros pies son los de la pobreza. Hemos de pagar por nuestra deshonrosa presencia en este mundo que solo pertenece a Dios. De este modo la idea más antigua encuentra su actualización en el contemporáneo neoliberalismo: no es la eficiencia, ni el interés privado, es la creencia “religiosa” por la que la humanidad, (los pobres) deben pagar por disponer de un mundo que ensucian y no les pertenece.

En este ambiente tan estricto, de una lógica tan totalizante, sentarse en una calle con una pancarta es ya un acto revolucionario, es la parte positiva de una lógica “tan” dominante: cualquier cosa fuera de ella misma le resulta intolerable y por tanto dañina.

Pero el consumo es deseo, estos deseos empaquetados deben tener una historia y una formación paralela al propio capitalismo, ¿Enseñados a desear?

Este deseo tiene un pariente incómodo: la privación. La privación inaugural del capitalismo, funciona en signos constantes a través del sistema de protección continua de las propiedades y mercancías. Como una advertencia vívida que amenaza en cada esquina. El recuerdo de la privación (la privatización y enajenación de toda la realidad y sus objetos llevada a cabo por la modernidad) puede ser el detonante de la excitación del acto de consumir y no tanto el deseo de posesión. No hay nada tan deseable como aquello que por sistema se nos niega. En definitiva la sublimación del temor de ser castigados. Liberarse de la deuda y el castigo atávicos, un alivio en forma de mercancía industrial.

Si esto fuera así el deseo de consumir sería a la vez un impulso reactivo y afirmativo. Afirmaría el estado cosas y lo negaría, al querer acabar con la privación inicial y confirmar su validez en el acto de consumir.

 

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