Internet, subordinación y realidad virtualizada

“En ningún lugar uno se puede sentir tan solo como en medio de una inmensidad de personas. La soledad es relativa a lo que nos rodea y al modelo de relación que sea dominante.”

Internet ha sufrido una evolución como si de la propia historia humana se tratara. Comenzó como una época comunal de recolectores y cazadores y ha devenido en una forma de reinados de la Edad del Bronce.

La época neo-liberal tiene vectores y polos de dirección que apuntan a una estructura de “caciques locales”, donde pocos magnates acumulan la subordinación de grandes grupos, articulados muy irregularmente con el Estado. Esta localidad se expresa tanto geográficamente como por sectores económicos. Este mismo esquema ha reproducido internet. Una nueva época de acumulación de localidad, cuando, en teoría, vivíamos en una época de globalidad.

En ese sentido internet ha reproducido esta estructura a la perfección. Se trataría de un ejemplo de tecnología moldeada por un esquema económico y de poder.

La necesidad de adherirse a polos de importancia y atracción es interna al funcionamiento de las redes sociales. Su lógica, además, remarca fuertemente la sensación de aislamiento y soledad sino se cumple con ese precepto. En su funcionamiento, el propio flujo o la relación carecen de valor sino están jerarquizados.

Las redes sociales no son mecanismos de relacionar individuos, sino más bien, instrumentos de creación forzosa de jerarquías y grupos de seguimiento y subordinación. Hay una “apariencia” de horizontalidad, pero realmente, lo que generan son relaciones verticales y bolsas de supeditación.

En ningún lugar uno se puede sentir tan solo como en medio de una inmensidad de personas. La soledad es relativa a lo que nos rodea y al modelo de relación que sea dominante. Bajo la apariencia de ser un potencial océano de relaciones y una llamada a la relación virtual; se nos somete a un sistema de premios y castigos de “comunalidad vertical” y realidad ontológica burlada.

El propio deseo de socializar es vehiculado hacia un modelo que engrosa, desde luego el capital (que es burlado a aquellos que lo generan digitalmente), además de a un esquema que alimenta bolsas de poder, de sentido y de superioridad.

Nuevas formas de “autoridad” surgen, como una risa irónica para el sueño de una horizontalidad de opiniones. Una superior autoridad respaldada por una comunalidad digital, teóricamente voluntaria y horizontal. En un ejemplo claro de cómo las posibilidades tecnológicas pueden abrir un campo enorme y sin embargo la configuración histórica no permitir su desarrollo.

Los datos generados por la propia “vida” se convierten en capital por unidad de tiempo. Los usuari@s se convierten en fértiles generadores de un producto que les es enajenado, convertidos en mediadores de datos virtuales; productores y limitadamente consumidores, de una masa de datos privatizada.

El capital creativo constantemente creado es constantemente enajenado. Transformado en formas usables por el capital y los Estados. No es ya la “identidad” digital y los rastros negociados como activos, es toda una mecánica de fijación del comportamiento, identificable, individualizable, medible y en última instancia vendible y utilizable. La propia forma de usar y los objetivos de su uso ya están predeterminados. Se crea un sujeto individualizado al que adherir acciones, se crean acciones predeterminadas que constituyan sus atributos y así sucesivamente.

La realidad no es “real” si no se virtualiza, las vivencias no lo son sino son compartidas, cuanto más lo sean, más reales serán. Ontológicamente lo real se ha transformado. Si en el laboratorio son los propios aparatos los que nos dan la mediación con la realidad, en el mundo digital la realidad no cuaja hasta verse incluida en la virtualidad. Es por ello, que el mundo virtual y digital de las redes de comunicación es nuestra mediación con la “auténtica realidad” de nuestra época.

En un circuito interminable de Reality Show hemos de participar simultáneamente como actores y espectadores de nuestra propia existencia y la de los demás. Validada, eso sí, en su “potencia ontológica” por la repetibilidad recibida. (Los likes)

De este modo se sigue cumpliendo que es la tecnología la que define lo real. Y es su mediación la que nos proporciona sus contornos. No obstante las tecnologías son hijas del poder de una época y son moldeadas por él.

El modelo de Reality Show, se ha convertido en el modelo de representación estética preferido, verse a uno mismo en el mundo virtual es el cumplimiento del deseo de renovar e intensificar nuestra propia realidad en el mundo. Como una evolución de los medios de comunicación de masas: individualizados y globalizados a la par.

Se dice que el siervo soñaba con ser rey, en nuestra época hemos querido ser televisiones y repetir el esquema: emisor único, y múltiples y pasivos receptores. Aunque la tecnología hubiese permitido diversas formas, no hemos sabido escapar de un esquema de comunicación-poder, que nos ha enseñado a relacionarnos.

Anacronismo, unidimensionalidad y racionalidad tecno-científica

“El pensamiento cientifista posee una narrativa que borra los orígenes y eleva un “eterno presente” convertido en “rejilla” comprensiva de todas las cosas.”

Pretendemos remarcar la relación entre la incapacidad de nuestra época de salir de sí misma: unidimensionalidad, traída a nosotros por la racionalidad tecno-científica y los intentos de perforar el cerco, la genealogía e incluso en menor medida la hermenéutica de Gádamer.

El “anacronismo” es nuestra seña de identidad epocal. No podemos tocar nada sin dejar nuestra huella en ello. Como un traje de contaminación biológica: no penetra nada en él, e infecta todo aquello que toca.

La racionalidad tecno-científica tiene sus jerarquías y modos de generación de verdad, unos circuitos de circulación y de reconocimiento. Una “verdad” de laboratorio requiere el concurso de varios expertos, grupos, revistas especializadas, etc. No obstante, esto no fue siempre así, en la ciencia barroca y en los albores de la Revolución Científica existía el filósofo natural aislado.

Los procesos de generación de verdad apenas estaban institucionalizados, y los trabajos se realizaban con gran independencia y fuera de la oficialidad. En ocasiones con fuerte oposición de ella. Las formas de verdad estaban asidas en modos de relación con entornos aún feudales. Sin embargo todos los “padres” de la ciencia tuvieron este perfil: solitarios aristócratas o artesanos de un mundo absolutista y semi-feudal.

La demolición de las racionalidades del Antiguo Régimen tuvo como consecuencia el desarrollo de una nueva forma de racionalidad imperante. La racionalidad tecno-científica, más que un proyecto de ciencia, la entiendo como un proyecto global de explicación y justificación de la realidad en su conjunto.

El pensamiento cientifista posee una narrativa que borra los orígenes y eleva un “eterno presente” convertido en “rejilla” comprensiva de todas las cosas. Ese presentismo crea una circularidad explicativa de nosotros mismos (unidimensionalidad). Un estado de cosas actual, facticio e histórico se convierte así en una estructura lógica de la realidad, a-histórica y con la aparente fuerza explicativa como para llevarla como norma para cualquier periodo histórico.

La “presunta” resolución de todos los problemas lógicos, metafísicos o incluso religiosos, por nuestra época se extiende hacia la ética: “Hemos resuelto los problemas éticos” y si no se ha hecho es porque “ahora” sabemos que no es posible. La presunta capacidad tecno-científica de resolver todos los problemas se vuelve ideología, y como buena ideología nos brinda desde el futuro la total tranquilidad de haber conseguido todas las soluciones, a pesar de que hoy por hoy no las tengamos.

El “cientifismo” apela a un universo cerrado en cuanto a las posibles explicaciones, estas siempre serán de un cierto tipo y además si no existen hoy, existirán inevitablemente en el futuro. Si bien todo no está explicado, es solo cuestión de tiempo, que lo sea, es decir: con la seguridad de contar con un “método” que permitirá abolir la oscuridad, el presente, el pasado y el futuro pierden su esencia y están amontonados en un “presente total”. Presente que expulsa por esencia cualquier opción alternativa.

Se trata de una forma de verdad que avanza por acumulación o en ocasiones por sustitución. Es paralela a la lógica o forma de racionalidad de la propia sociedad industrial. Se nos dice que acumulamos “potencias” porque el camino del desarrollo es el adecuado o bien en un truco publicitario, tenemos que “cambiar” de paradigma para poder seguir por la misma vía de progreso.

En este sentido las periódicas crisis del virus ébola son significativas. EL protocolo de protección requiere de un radical “afuera” y un radical “adentro”. La necesaria rutina minuciosa de vestimiento y desvestimiento, es una buena metáfora del minucioso escrutinio de la realidad tecno-científica. Además de ser un comportamiento protocolizado, minucioso y repetible. Un método que nos protegerá de hacer preguntas que pueden resultar infecciosas al propio equilibrio del medio.

Los países del aún llamado Tercer Mundo siguen siendo esferas exteriores, donde la racionalidad aún no ha cuajado y de la cual pueden emerger todos los fantasmas del pasado. Los medios de comunicación crean las fronteras, es más, generan la falsa sensación de que existe una frontera, un límite exacto que los “zombies” podrían estar rebasando continuamente. Por lo tanto nuestro “anacronismo” es pariente de nuestro tradicional “xeno-fobismo” Aunque el propio concepto de Tercer Mundo es ya anacrónico, ha cuajado como parábola infantil para generar límites y terrores de todo tipo.

El pasado para nosotros presenta un doble problema, de un lado hemos de explicarlo desde nosotros mismos y nuestra época, pero además somos conscientes de que en él reside nuestro origen. ¿Cómo un pasado cerrado y absurdo puede ser nuestro padre? Seleccionando figuras aisladas y desvinculando sus actividades de su todo, como flechas que apuntan a nosotros, o mejor dicho hacia la selección creada de nosotros mismos.

Las líneas de marcación del pasado hacia nosotros son construcciones discursivas de carácter demostrativo y teleológico. EL presente estaba allí, pero aún no se había desarrollado. Su finalidad estaba latente y la tarea de la Historia es mostrar su lento madurar.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX la filosofía vivió momentos difíciles, en los cuales parecía que el proyecto científico no dejaba espacio a la reflexión filosófica. El rescate que hicieron las vanguardias de Nietzsche vino a abrir un apertura en el muro, que sigue abierto. Al fragor de la artillería, el hedor de las trincheras y el olor a gas mostaza mostró la no excepcionalidad de la guerra en el periplo humanista, sino más bien, su truculenta continuidad.

El pensamiento de raíz genealogista ha tratado de usar la acumulación sincrónica de los discursos para descubrir su formación y provocar su deformación abriendo el círculo cerrado. Todas las filosofías que introducen la historia producen cierta indigestión a la verdad. A la verdad no le gusta su historia y a nuestro mundo tecno-científico no le interesa la suya propia, salvo aquella que genera una dirección inequívoca hacia sí misma. Esta introduce incertidumbre y relatividad, así como espacio para otras formas de racionalidad.

La Prisión Provincial de Murcia

“El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás.”

Hay un cierto aire molesto en su presencia. Muda e indiferente abruma con su densidad. Rotunda corporeidad pétrea, incomprensible realidad urbana, enigma para la definición del viandante. A nadie se le escapa su carácter punitivo y de castigo. Incomoda su naturaleza.

Muros de fortaleza a la que nadie ha querido sitiar, y de la que nadie ha podido escapar. Siendo un ojo inquisidor hecho arquitectura, ha quedado fuera de todas las miradas. Como un cuerpo desnudo y deforme que ha de ser escondido en una silenciosa penumbra.

Las prisiones de hoy día no están a la vista, están adecuadamente alejadas de nosotros, y de su incómoda realidad. Son estructuras abyectas, cerca de las cuales, nadie quiere vivir. Como si el mal que contuvieran pudiera filtrarse como el sumidero de la industria más tóxica.

Pero nuestra Prisión Provincial fue ella misma apresada por el crecimiento urbano, encerrada en una ciudad que se avergüenza de su presencia. Proyectada en 1922 e inaugurada en 1929, quedaba en lo que entonces era una zona situada en las afueras de la ciudad.

Como edificio, es una completa plasmación de toda la evolución del siglo XIX, de sus técnicas punitivas, consensos jurídicos y transformaciones sociales y económicas. Un organismo pan-óptico con ornamentos que miraban al pasado y tecnologías que miraban al presente, como el propio fascismo que le dio su fin último en una explosión de violencia ciega y observada, en un espectáculo mudo y ciego en 1939.

Tiene su ironía que un edificio pensado para “mirar” a aquell@s que son arrojad@s a su interior, haya quedado fuera de todas las miradas. Opaco desde el exterior, transparente en su interioridad. Lugar de visiones olvidadas y sepultadas. Psico-imágenes de espanto barridas por el tiempo y adheridas a una estructura arquitectónica pensada para vigilar.

Cuando Jeremías Bentham diseñaba el modelo básico de la cárcel de la modernidad, tenía en mente un sistema integrado de vigilancia, donde sus moradores pudieran pasar de la fábrica al penal pasando por la escuela sin sentir ninguna extrañeza arquitectónica. Una nueva gestión humana para un nuevo sistema de gestión social propio de la economía capitalista. «La mayor felicidad para el mayor número.»

Ese salto a la modernidad en la Región de Murcia fue muy tardío, y no fue hasta principios del siglo XX que tuvimos el “privilegio” de contar con una prisión “disciplinaria” benthaniana.

Pero fue cuando el cuerpo embalsamado de Jeremías Bentham se encontró con un romántico “Cantar del Mío Cid”, que el edificio de múltiples brazos y concepción axial encuentra su cénit. Sería más honesto decir que las “tecnologías” liberales y la represión nacionalista más conservadora se dieron la mano en la Prisión Provincial de Murcia.

Un edificio de un mundo capitalista encontró su pasión en el nacionalismo aberrante. Los restos de un imperialismo caduco, con sus huellas rescatadas y disecadas con tinta romántica. Como el naturalista que buscó disecar algo que ya no estaba, para su disfrute y permanencia, cuando ya era un mero cadáver.

Signos y reliquias de monarquías de revoltillo europeo adornaban sus paredes. Animales sagrados sacados de escudos de armas de épocas feudales, que nadie ha sabido quitarse de encima. Animales sagrados, liberados de sus genealogías religiosas, convertidos en símbolos de poder, nobleza y violencia venidos al rescate de un capitalismo que no podía evitar ser y no se dejaba ser.

Un proyecto nacional fundamentado en el expurgo y la muerte, que cuenta con siglos de experiencia en expulsiones, autos de fe y pureza de sangre.

Una sociedad silenciada y herida que grita a través de la piel, a través de unos ojos sumidos en la indiferencia y el terror. El fascismo instalado en los cuerpos no deja espacio para la sanación, se ha hecho costra ética y física. Putrefacción endurecida. El recuerdo de que el castigo y el sufrimiento son pilares de nuestras sociedades, empapadas de una cultura de la muerte y la sumisión.

Un edificio que llegó tarde, como la modernidad a la Región de Murcia.

El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás. En ocasiones podemos captar los gritos, aunque se haya separado de su significado, como un significante que no sabemos a qué apunta.

En este edificio ya no queda nada, se perdieron sus gritos y sus significados. Sólo la memoria de la barbarie puede liberar los signos y mostrarnos el camino que debe seguir la sanación de una cultura.

Su silencio es el nuestro, su ensimismamiento también.

La lógica del consumo

“El ser humano necesita “pagar” por su propia existencia, es una deuda indeterminada y contraída antes de nacer, una deuda religiosa que los liberales racionalizaron y generalizaron a toda la faz de la Tierra.”

El consumo estructura una “geografía”, y delimita el modo de uso de cada espacio y lugar. Genera jerarquías de uso y pugna por la construcción constante de esferas administradas, necesarias para el funcionamiento del trabajo y de sí mismo.

El trabajo necesita de un espacio disciplinario, pero casi se diría que el consumo lo requiere aún más, el consumidor moderno es lo suficientemente manso como para no “coger” aquello que no puede pagar, pero lo suficientemente deseoso para no dejar de consumir. Entre la mansedumbre y la incitación al deseo se mueve nuestra sociedad “administrada”.

Existen otras muchas geografías heredadas de otras épocas. La humanidad arrastra con vehemencia su pasado que se instala en el presente en estratos moldeados y conflictivos. Las nuevas fuerzas históricas dan forma a las anteriores sin ser capaces, muchas veces, de extinguirlas. El capitalismo ha necesitado de la inestimable herencia de fases anteriores: la propiedad, aunque transformada, la primacía del varón, son elementos sobre los que se eleva nuestra realidad actual y sin los cuales sería inconcebible.

El marxismo en el fondo lo que promete es que esta lógica acabará aplastando y aplanando el resto de fuerzas que la humanidad ha manejado hasta ahora, jerarquías, etc. Pero ¿Esto es cierto? ¿Está la lógica del mercado igualando todas las esferas vitales humanas?

La lógica del consumo nos rodea, ella dirige los flujos vitales en el espacio público. La libertad es equivalente a la capacidad de compra con la que se iguala. Libertad en su sentido más simple: de posibilidad. La posibilidad misma de nuestros actos debe concordar con ella. La metáfora publicitaria de un mundo en continuo movimiento es la irónica escenificación del constante intercambio de capital. Mediador de todo acto vital y de toda posibilidad de acción.

Parece que surge aquí una antigua deuda contraída por la humanidad con la divinidad que le daba cobijo. El ser humano necesita “pagar” por su propia existencia, es una deuda indeterminada y contraída antes de nacer, una deuda religiosa que los liberales racionalizaron y generalizaron a toda la faz de la Tierra.

Nuestro caminar ensucia el paraíso terrenal y más si nuestros pies son los de la pobreza. Hemos de pagar por nuestra deshonrosa presencia en este mundo que solo pertenece a Dios. De este modo la idea más antigua encuentra su actualización en el contemporáneo neoliberalismo: no es la eficiencia, ni el interés privado, es la creencia “religiosa” por la que la humanidad, (los pobres) deben pagar por disponer de un mundo que ensucian y no les pertenece.

En este ambiente tan estricto, de una lógica tan totalizante, sentarse en una calle con una pancarta es ya un acto revolucionario, es la parte positiva de una lógica “tan” dominante: cualquier cosa fuera de ella misma le resulta intolerable y por tanto dañina.

Pero el consumo es deseo, estos deseos empaquetados deben tener una historia y una formación paralela al propio capitalismo, ¿Enseñados a desear?

Este deseo tiene un pariente incómodo: la privación. La privación inaugural del capitalismo, funciona en signos constantes a través del sistema de protección continua de las propiedades y mercancías. Como una advertencia vívida que amenaza en cada esquina. El recuerdo de la privación (la privatización y enajenación de toda la realidad y sus objetos llevada a cabo por la modernidad) puede ser el detonante de la excitación del acto de consumir y no tanto el deseo de posesión. No hay nada tan deseable como aquello que por sistema se nos niega. En definitiva la sublimación del temor de ser castigados. Liberarse de la deuda y el castigo atávicos, un alivio en forma de mercancía industrial.

Si esto fuera así el deseo de consumir sería a la vez un impulso reactivo y afirmativo. Afirmaría el estado cosas y lo negaría, al querer acabar con la privación inicial y confirmar su validez en el acto de consumir.

 

La tragedia de Don Quijote disciplinado

“La huida de la vida burguesa, del trabajo y la disciplina, ahogándose en una vorágine de “hippismo” festivo, acaba en una resaca como Don Quijote en su jaula: reconociendo la fea realidad como la única “real”.”

“–Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.”

Don Quijote de la Mancha, 2ª Parte, Capítulo 74

Cada generación repite el mismo drama con atuendos diferentes. En los días tempranos de la vida humana, todos comparten la conciencia de un futuro y una realidad que ya no satisface: la propia sociedad disciplinaria, y la tragedia inequívoca de que al final tendrán que entrar a ella sin remedio.

La huida de la vida burguesa, del trabajo y la disciplina, ahogándose en una vorágine de “hippismo” festivo, acaba en una resaca como Don Quijote en su jaula: reconociendo la fea realidad como la única “real”.

Este proceso se repite en las generaciones desde hace por lo menos cincuenta años. No es el eterno deseo juvenil de probar los límites, es una actitud estética y cultural que cubre desde finales de la 2ª Guerra Mundial la faz del mundo occidental.

Es probable que en una época neoliberal y de redes sociales, la fiesta dionisíaca se haya trocado en un “Gran Hermano” postmoderno donde lo virtual se convierte en un trasunto “naif” de la realidad y donde ese trágico despertar nunca se produce, lo cual, es si cabe, mayor tragedia.

La tragedia de Don Quijote no es su locura sino su lucidez. Una vez sanado el mismo ya no puede existir y deja el mundo vacío, desnudo y huérfano. El choque de lo caballeresco con el mundo explotaba en comedia, pero la ausencia de esos ideales implosiona en tragedia por que la risa estaba forzada por una realidad implacable que habíamos aprendido a aceptar.

¿Qué ocurre con aquellos que nunca quieren despertar? Son aquellos con los que el régimen disciplinario muestra más claramente su faz.

La sociedad disciplinaria suele tener dos soluciones para los “boderline” por así decir: una, digamos la conservadora, sería aumentar los métodos de control y disciplina o mejor dicho, su severidad. La otra, la progresista, conecta estos comportamientos a disfunciones médicas o psicológicas: cárcel u hospital.

Todos somos Don Quijotes disciplinados y deberíamos preguntarnos si reforzar aquello que nos produce malestar es la solución. La sociedad disciplinaria está en tela de juicio, y los pasos atrás en la historia no existen.

El paradigma del desastre

“…la lucha se ha desplazado a la tensión sistema-en-estabilidad vs sistema-en-crisis. Todos los poderes por venir asegurarán un sistema más estable, esa es la lucha.”

Las luchas del presente, ¿no son acaso la extracción de la consecuencia del desastre? Ya no más la explotación de una clase a manos de otra, ni la tensión del débil contra el fuerte, sino más bien la denuncia de un sistema en constante peligro de fracasar, de naufragar en el error y en el fallo sistémico.

Ecología, cambio climático, crisis económica y financiera, todas las esferas humanas parecen estar al borde del colapso. La propia “naturaleza” colonizada ahora como un sistema que se perfecciona en su voluntad de entender-dominar, comprender-conservar, está en estado de crisis sistémica. El sistema económico, el financiero, construidos ambos según un conjunto estructurado que asegura su propia estabilidad, como un sistema entrópico que conservara su calor y se rigiera por matemáticas complejas. En el cálculo de las fuerzas productivas y consumidoras, el sistema falla, no es inclusivo, no absorbe bolsas de “pobreza”, “gettos” que quedan al margen del sistema, el cual “yerra” en la medida en que no puede gestionar el total de la población y el total de las fuerzas.

Toda contracultura afirma: “el sistema está en crisis”, toda tecno-política afirma: “nuestro sistema es estable”. Por tanto la lucha se ha desplazado a la tensión sistema-en-estabilidad vs sistema-en-crisis. Todos los poderes por venir asegurarán un sistema más estable, esa es la lucha.

Pero, ¿cómo hemos llegado a este plano de tensiones?, ¿cómo lo crítico y lo estable ha llegado a ser la referencia en la que juzgar las situaciones en todos los ámbitos?

Respuesta apresurada: el dominio de la interpretación tecno-científica de toda la realidad y su consecuente conversión en “sistema”, ofrece la posibilidad, cuando el paradigma es completamente dominante, de atacar sus tensiones en clave de fallo del sistema.

REALIDAD = SISTEMA

(Lo real es sistémico y lo sistémico es real)

Lo real es lo que entra en el universo explicativo de un “sistema”. Pero no en un sentido filosófico, como cuando hablamos de sistema kantiano o cartesiano. Sistema es la entidad técnico-científica atravesada de estructuras explicativas matemáticas y físicas, creadas desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días.

La estadística y las matemáticas complejas son las herramientas que circundan las poblaciones, como la estructura molecular de un gas al calentarse o las ondas sonoras que viajan por el aire.

Sin embargo, la indeterminación connatural a estas explicaciones genera toda una suerte de incógnitas indeterminadas y prefiguran las posibilidades del desequilibrio, del desbordamiento de las unidades cuantificables. La exuberancia de las variables y su continuo crecimiento hace que los sistemas no se plieguen al sueño de castrarlas introduciéndolas en el resolutor universal de toda la realidad: “la informática”.

El computador es la promesa de equilibrar todo sistema mediante la  resolución de todas las variables, y su conducción al equilibrio. El precio es la reducción de toda la realidad a la lógica tecno-científica, al sistema.

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