La Prisión Provincial de Murcia

“El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás.”

Hay un cierto aire molesto en su presencia. Muda e indiferente abruma con su densidad. Rotunda corporeidad pétrea, incomprensible realidad urbana, enigma para la definición del viandante. A nadie se le escapa su carácter punitivo y de castigo. Incomoda su naturaleza.

Muros de fortaleza a la que nadie ha querido sitiar, y de la que nadie ha podido escapar. Siendo un ojo inquisidor hecho arquitectura, ha quedado fuera de todas las miradas. Como un cuerpo desnudo y deforme que ha de ser escondido en una silenciosa penumbra.

Las prisiones de hoy día no están a la vista, están adecuadamente alejadas de nosotros, y de su incómoda realidad. Son estructuras abyectas, cerca de las cuales, nadie quiere vivir. Como si el mal que contuvieran pudiera filtrarse como el sumidero de la industria más tóxica.

Pero nuestra Prisión Provincial fue ella misma apresada por el crecimiento urbano, encerrada en una ciudad que se avergüenza de su presencia. Proyectada en 1922 e inaugurada en 1929, quedaba en lo que entonces era una zona situada en las afueras de la ciudad.

Como edificio, es una completa plasmación de toda la evolución del siglo XIX, de sus técnicas punitivas, consensos jurídicos y transformaciones sociales y económicas. Un organismo pan-óptico con ornamentos que miraban al pasado y tecnologías que miraban al presente, como el propio fascismo que le dio su fin último en una explosión de violencia ciega y observada, en un espectáculo mudo y ciego en 1939.

Tiene su ironía que un edificio pensado para “mirar” a aquell@s que son arrojad@s a su interior, haya quedado fuera de todas las miradas. Opaco desde el exterior, transparente en su interioridad. Lugar de visiones olvidadas y sepultadas. Psico-imágenes de espanto barridas por el tiempo y adheridas a una estructura arquitectónica pensada para vigilar.

Cuando Jeremías Bentham diseñaba el modelo básico de la cárcel de la modernidad, tenía en mente un sistema integrado de vigilancia, donde sus moradores pudieran pasar de la fábrica al penal pasando por la escuela sin sentir ninguna extrañeza arquitectónica. Una nueva gestión humana para un nuevo sistema de gestión social propio de la economía capitalista. «La mayor felicidad para el mayor número.»

Ese salto a la modernidad en la Región de Murcia fue muy tardío, y no fue hasta principios del siglo XX que tuvimos el “privilegio” de contar con una prisión “disciplinaria” benthaniana.

Pero fue cuando el cuerpo embalsamado de Jeremías Bentham se encontró con un romántico “Cantar del Mío Cid”, que el edificio de múltiples brazos y concepción axial encuentra su cénit. Sería más honesto decir que las “tecnologías” liberales y la represión nacionalista más conservadora se dieron la mano en la Prisión Provincial de Murcia.

Un edificio de un mundo capitalista encontró su pasión en el nacionalismo aberrante. Los restos de un imperialismo caduco, con sus huellas rescatadas y disecadas con tinta romántica. Como el naturalista que buscó disecar algo que ya no estaba, para su disfrute y permanencia, cuando ya era un mero cadáver.

Signos y reliquias de monarquías de revoltillo europeo adornaban sus paredes. Animales sagrados sacados de escudos de armas de épocas feudales, que nadie ha sabido quitarse de encima. Animales sagrados, liberados de sus genealogías religiosas, convertidos en símbolos de poder, nobleza y violencia venidos al rescate de un capitalismo que no podía evitar ser y no se dejaba ser.

Un proyecto nacional fundamentado en el expurgo y la muerte, que cuenta con siglos de experiencia en expulsiones, autos de fe y pureza de sangre.

Una sociedad silenciada y herida que grita a través de la piel, a través de unos ojos sumidos en la indiferencia y el terror. El fascismo instalado en los cuerpos no deja espacio para la sanación, se ha hecho costra ética y física. Putrefacción endurecida. El recuerdo de que el castigo y el sufrimiento son pilares de nuestras sociedades, empapadas de una cultura de la muerte y la sumisión.

Un edificio que llegó tarde, como la modernidad a la Región de Murcia.

El dolor no se puede mirar, se vive en la opacidad que nos da nuestra íntima conciencia, solo el arte nos da la ilusión de ver el sufrimiento en los demás. En ocasiones podemos captar los gritos, aunque se haya separado de su significado, como un significante que no sabemos a qué apunta.

En este edificio ya no queda nada, se perdieron sus gritos y sus significados. Sólo la memoria de la barbarie puede liberar los signos y mostrarnos el camino que debe seguir la sanación de una cultura.

Su silencio es el nuestro, su ensimismamiento también.

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